Allende y Pinochet
Análisis 29/10/2019 05:00 am         


Podría decirse que el país sureño vive una confrontación que en alguna medida significaría la resurrección de Salvador Allende y Augusto Pinochet



El presidente Sebastián Piñera no solo rectificó la medida que aumentaba el precio del Metro de Santiago de Chile ante violentas protestas y acciones que prácticamente destruyeron el que hasta hace unos días se consideraba el sistema de transporte subterráneo más moderno de Latinoamérica, sino que incluso se comprometió por la vía de las negociaciones y el consenso a una revisión del que se ha considerado en los últimos años como referencia emblemática de un modelo económico exitoso. Y es que más allá de las ruinas provocadas por “El Santiagazo” de la semana pasada, lo que ocurre en Chile (está de más decir que los acontecimientos políticos del país han marcado tendencia en la zona) pone en claro interesantes cambios y enseñanzas sobre el comportamiento político de las naciones latinoamericanas. Ya desde los años cuarenta Chile se convirtió en el ejemplo democrático de una región castigada por el silencio y la represión de las dictaduras militares, a partir de lo cual abrió sus puertas para los perseguidos y exiliados de las naciones vecinas. La victoria de Salvador Allende en 1970 con una propuesta socialista que se consideraba que solo sería posible por la ruta de la insurrección guerrillera, despejó un periodo de grandes debates sobre el futuro político de la región.

El derrocamiento del líder socialista y su suicidio el 11 de septiembre de 1973, dio paso a la instauración de una sangrienta dictadura que también marca época en la cronología y la memoria histórica regional. Durante diecisiete años el caso chileno fue asumido como materia de reflexión para estudiosos y especialistas del mundo entero, por cuanto de alguna manera se combinaba la existencia de un brutal despotismo y su siniestra cosecha de crímenes y toda suerte de violaciones a los derechos humanos con la aplicación, en alguna medida (obviamente en razón de la existencia de un régimen furiosamente represivo que la facilitaba), de unas propuestas económicas que fueron asumidas y alimentadas posteriormente por el llamado “Consenso de Washington” para abordar la problemática latinoamericana agravada entonces por el tema de la deuda externa.

LA CONCERTACIÓN
Se daba de esta manera la existencia de un régimen militar que podría considerarse moderno, si se toma en cuenta la misma naturaleza del ejército chileno y que en algún momento su líder, Augusto Pinochet, consideró que debía dar paso a una transición que facilitara un mínimo clima de convivencia y discusión. Como se sabe por la vía de la elección el dictador dejó la Presidencia pero sobre la base de un acuerdo que le permitía preservar espacios privilegiados del poder, principalmente el mandato militarista al amparo de una Constitución que había sido concebida para sus objetivos de poder ilimitado. La famosa “concertación chilena” también fue asumida como un ejemplo y como la vía menos costosa para el regreso a la democracia de países castigados por el mandato dictatorial. Sobre la base de una sólida tradición y cultura política Chile ha conocido la alternancia de gobernantes de los partidos democráticos encabezados por la Democracia Cristiana; el Partido Socialista de Allende con sus divisiones; el Partido Comunista, el más reconocido durante años de la zona y el Partido Radical también de comprobada tradición histórica. Si bien el regreso a la democracia fue apuntalado en políticas económicas que ofrecieron resultados gratos al ejercicio estadístico, también es cierto que estimularon el problema de fondo de la desigualdad social que afecta a la mayoría de las naciones.

El viernes 18 de octubre al conocerse el incremento del precio de los pasajes del servicio de transporte público, en una proporción que no podía considerarse excesiva dados los anteriores ajustes y ciertamente estimulada por grupos ganados por la violencia que viene permeando a las clases medias que buscan espacio en las nuevas circunstancias internacionales, se registraron saqueos y destrucción de las estaciones del Metro y que se extendieron a negocios e instalaciones privadas, lo que provocó la adopción de un toque de queda anunciado no por el gobernante Piñera sino como en los tiempos del pinochetismo por el jefe de la Defensa Nacional, Javier Iturriaga del Campo, que fue desacatado y enfrentado por buena parte del país y que aún una semana después provoca la insurgencia en la práctica de partidos políticos, organizaciones sindicales e instancias de la sociedad civil que trasladan el conflicto en términos sencillos a la renuncia de Piñera y a la necesidad de un replanteamiento político como resultado de un nuevo pacto social.

De esta manera Chile, como en el pasado, asume el protagonismo político no solo en Latinoamérica sino en buena parte del mundo como un escenario donde se confrontan ahora las nuevas propuestas económicas y que revela también la urgente necesidad de cambio en el concepto de la democracia tradicional, enfrentada a las exigencias de la globalización y la revolución tecnológica. Podría decirse que el país sureño vive una confrontación que en alguna medida significaría la resurrección de Salvador Allende y Augusto Pinochet.







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