Kico Bautista, paz y humor
Bulevar 14/08/2020 08:00 am         


La política como imán, el periodismo como ruta, la conciliación como quimera, he aquí a un caraqueño a veces incomprendido.



La juventud en el liceo, en tiempos en que la democracia es una conquista de estreno, equivale a entrompar la realidad marcada por y desde las injustas desigualdades sociales; esas que, después que esa democracia denostada hizo mutis, han persistido —en realidad se han acendrado y campean en tensión—, y parecen, solo parecen, indisolubles. Las piedras siempre son piedras, nunca rosas, habrá descubierto Francisco Edgardo Bautista García, Kico, que luego de pasar por la etapa febril del pasamontaña y la militancia acérrima en Bandera Roja se dejó de eso. La rabia puede ser una potente energía que dé frutos, pero agrios. 

Lo cierto es que si rojo, y si luego, matizando, anaranjado, ahora mismo se desmarca de los colores —no del todo: pinta— en pro del consenso ojalá de la mayoría opositora, ojalá nacional. Entiende que, circunstancias color de hormiga mediante, al caos hay que resolverlo desembarazándonos —dice—, del vete ya y demás ¿irrealidades? Claro, y de la coyuntura muy real de penuria y estropicio que nos acogota. “Me encantaría que los adecos no se estuvieran entrando a trompadas entre ellos y que pudiéramos llegar a un acuerdo de cara al objetivo común, pero es difícil para unos abandonar la tesis de que la única salida que nos queda es la violenta”, mira su entorno, “en cualquier caso aspiro a que nos respetemos, que los que no ven otra posibilidad que la fuerza y los que pensamos en la posibilidad electoral podamos sentarnos, porque es bueno decirlo: de participar ganamos con amplísimo margen, sería como una protesta y participar no es un obsequio es nuestro derecho… ”.

No, no es que corra por sus venas sangre de horchata, se sacude contrariado; pero no hay que abandonar la ruta inteligente, la de la política y la paz, aun si implican, y esto no se sabe a ciencia cierta, más tiempo. La política es la forma razonable de articulación de ideas y acciones, se explica. “Hay que persistir”. Crítico, pero sin duda y sin ambages decidido opositor, deslindado hace años del chavismo, y desde la posibilidad del difícil pero necesario consenso, quiere para el país la reconstrucción, no las bayonetas que otros vaticinan. O acaso aguardan. “El sueño del arribo de los marines que vienen a salvarnos es una quimera de pocos por demás peligrosa, un riesgo inmenso, sí, sin duda, uno mayor que seguir bregando por la consolidación de la paz y la democracia, que también implican riesgo”. 

La beligerancia interna equivale a tiempo perdido, ese en el que nos enfrascamos y nos detenemos. “Tenemos 22 años en eso”. Y entiende que se trata, más que de salir de esto, de armar. Armar juego, dice el conductor de Kicosis, tan juguetón. En su programa televisual, que transmite Globovisión —en el canal que estuvo por 17 años para luego regresar hace cinco meses, reparando menos en los cambios de administración y más en la posibilidad de “conservar un espacio, eso es muy importante; al fin y al cabo he trabajado con tantos y variados jefes y me queda claro que esto es un negocio…”—, el periodista que asume la risa como elemento apaciguador soltó a bocajarro: “!La gente está harta de la peleadera!”. Podría agregarse y de la peladera. 

“Sí, también, por supuesto, pero lo que creo es que, de verdad, no resolvemos nada, o muy poco, con odio, con el odio como motivación o como bandera, a eso quise referirme, no a que hay que dejar de luchar, me gusta mucho lo que dijo el político estadounidense Ross Perot —fallecido el año pasado— en su campaña electoral de 1992, en la que intentó quebrar el bipartidismo y obtuvo 18.9 por ciento del electorado: el votante que venga con odio no lo quiero, dijo ¡Imagínate!”. Si pareció que despachaba con ligereza una lucha que aburre por lo prolongada, “entonces fui malinterpretado”. Lamenta, como todos, el laberinto en el que nos movemos: el de la indefensión frente al poder, el de la crisis que se vuelve crónica, el de la pugna no entre dos bandos sino entre un opresor y un oprimido, el del dogmático discurso de la lucha de clases y demás cartillas.
El conductor que cuando compartía set con Marianella Salazar, frente a las cámaras le dio un mordisco en el brazo a Alberto Franceschi —y este sonriendo por la travesura se lo tomó con soda— es un creyente de la espontaneidad. Y que nadie dude de que es alguien con empatía. “¡La vida de la gente me duele!”, jura. Toda la gente.

Él sabe, por lo demás, que es imposible que no enerven los diálogos fallidos con los poderosos que cambian, 48 horas antes de las votaciones, el padrón electoral. O el hambre de tantos y el buscar entre la basura algo que llevarse a la boca. O ¡la hegemonía comunicacional! O la corrupción… pero también considera una boutade lo que ocurre con los acuerdos tomados por la oposición. Que, luego de los consensos suscritos, reagrupadas las facciones en alianzas encapsuladas, deciden unos saltar los convenios y actuar con madrugonazos. 

“¿La oposición es solo el llamado G4? ¡Se redujo la unidad!”, resiente. “Creo que no podemos copiar el atropello y reeditar el discurso descalificador, que contra el que piense distinto sean lanzados denuestos sapos y culebras”. La toma hay que abrirla y ver el paisaje total. Nada como un plan que se desembarace de la atávica oscilación ocular derecha-izquierda —en eventual maridaje, históricamente en conveniente mestizaje incluso— y visualice el camino hacia adelante. (Como entendía, por ejemplo, Renny Ottolina). La peleadera desde trincheras etiquetadas no es productiva, nutritiva: es esquemática y desgastante.
 
La cosa es revisar las fallas propias, estar dispuesto a reconocerlas, redondea el caricaturista cuyo trazo registró denuncias así como albergó siempre tiernos mensajes a favor. La cosa es, también, cómo coincidir en temas básicos. Tan importantes como el voto. Para él siempre hay que ejercer ese derecho, sobre todo si las encuestas te dan a sobrado ganador, aunque el adversario haga todo lo posible por saboteártelo. Hay que intentar esa y cada posible coincidencia, gesto que aglutine, añade. Aunque sin duda en este aspecto la polémica está encendida. “Hay que razonar con la necesaria cabeza fría del estratega”, profundizar la política, insiste. Y empezar ya la costura, suturar la división. 

“No, no es apresurado: no puede permitirse que se profundice aún más el abismo”. ¿Sin solucionar el problema de fondo, sin que haya sido restaurado el modelo de libertades, ciudadanía y justicia y permanezca el que somete, es inviable y ejecuta prácticas indeseables? Sí, porque coser ayudará a solucionar el problema. Algo gandhiano: la paz no es la meta sino el camino. Esa vía podría abortar la materialización de esa batalla no declarada que, ay, parece condición telúrica y recurrente recurso al que apelar cada vez que hay un seis por ocho: basta ver el rimero de asonadas y confrontaciones fratricidas que sucedieron a la también dramática y cruenta independentista. Acaso modélica.
 
No, definitivamente no le interesan ni la antipolítica ni las balas, a él que le rozaron la cabeza el 11 de abril de 2002, cerca del fatídico puente Llaguno. Bala que, supone Kico, estaba dedicada a él pero hirió fatalmente al hombre que estaba a su lado, que instantáneamente cayó al piso sin vida, pobre, en aquella megamarcha ensangrentada que devino vacío de poder, produjo dos versiones opuestas de la historia y trajo la radicalización del chavismo en su trance a régimen autoritario. A dictadura a costa del proletariado. 

El otrora aguerrido mozalbete se asume también compasivo; en realidad una cosa es consecuencia de la otra. El ímpetu justiciero viene de la consideración por el menospreciado, el vulnerable, el pobre, que sí puede pasar por el ojete de la aguja; aquellos cuyo reconocimiento es causa, razón de militancia y propuesta ideológica. Y fe. Y sin duda sentido común. Una sociedad rota es un oxímoron. Una consideración que no debe ser pose o lucro. Sabe que muchos de los supuestos defensores de los olvidados que trabajan en su nombre en realidad los utilizan y los convierten, penosamente, en carne de cañón. Craso error, admite Kico. “Se las verán con el pueblo”, diría una vez Hugo Chávez como quien advierte al visitante del perro bravo. “No los vamos a sacar de la pobreza para que luego sean escuálidos”, los volvería mercancía Héctor Rodríguez, gobernador de Miranda, sacando cuentas. Plop cae Condorito. 

Pero que tales arbitrariedades no invaliden el anhelo tan ancestral como temido por los cobardes de hacer de la humanidad un equipo multidisciplinario y creador forjado desde la equidad. Si unos tienen más y otros menos, que de igual manera el valor de cada quien este tasado por la condición humana que en sí misma da el derecho a ser. La revolución francesa lo resumió en el siglo XVIII: igualdad, fraternidad, libertad. Ávido lector, estudioso de las circunstancias, Kico Bautista ha trazado sus alegatos hasta llegar con su dibujo libre y su mano suelta al punto de fusión que lo define: la conciliación. “Sí, soy un conciliador”. ¿Y cómo ejercerla?

El exmasista estudia comunicación social con el afán de compartir ese afán justiciero con el sentimiento de apaciguador que lo alienta. Exhabitante del señero edificio Los Flores en Sabana Grande, todos artistas, todos pelilargos, todos circulando por los apartamentos a puertas abiertas, tiene claro que se necesita una formación impecable del alma para alcanzar esa testarudez sabia, incólume con la cual defender la tesis de la conexión entre contrapuestos. Sin embargo, a estas alturas, tampoco es un comeflor. El que fuera ancla con Carla Angola y Roland Carreño de Buenas Noches es un empresario. Y casi un nerd del mundo de la tecnología. Igual insiste: “Hay que esforzarnos por rescatar lo que nos une, que no es poco, y hacer todo por llegar a acuerdos…” 

En cualquier caso, lo radical o lo contemporizador, lo demócrata y lo fiestero, lo hippie y lo informado lo hacen un híbrido particular. Un hombre con empaque adolescente y temperamento easy going. Hablar con entonación de chiquillo y devoto de las bromas, que no se diga que no refunfuña, o se enfurece. Objetado por estar de parte de las elecciones en estas circunstancias, la avalancha de cuestionamientos es una tendencia en twitter que lo descompone: “los radicales merodean más los teclados”, confirma. A la vez le queda claro que estar de nuevo en un canal de tele, no en espacios experimentales y por ahora menos rentables de youtube, le ha valido el abrazo de los seguidores que, sobre todo en sectores populares, lo reconocen. Epa Kico, lo saludan en la calle, sin rollos. 

La lealtad es otro de sus sinos. Una cosa es cambiar de opinión y releer la vida y otra traicionar. Que un amigo esté en aprietos y no le des una mano; más aún si ningún otro se la da. Con Eduardo Semtei fue así, le dio su apoyo cuando tuvo, por las elecciones de aquel 28 un bajón en su perfil de funcionario público. Al revés que con Juan Barreto. Cuando el compañero suyo en aquel Feriado que no pocos consideraron que contenía un dejo machista y/o misógino, el colega que dijo que no creía en la ley desarme porque los pobres se quedarían sin pistolas y serían entonces blanco de los ricos atacó a Ibeyise Pacheco, entonces su esposa, Kico cortó con aquella amistad de toda la vida. La deslealtad de Barreto fue el detonante que los separó.
 
Un hijo de 30 del matrimonio anterior con una chica linajuda a quien le cayó en gracia el joven divertido que se filtraría en aquella fiesta en el Country Club donde lo conoció, dueño, hace mucho tiempo, de un restaurante en Altamira llamado K, donde soplaron todos los vientos y tildado por Alberto Federico Ravell su exjefe, con una sonrisa de oreja a oreja, como “un malandro hiper dateado” —así dijo hace veinte años a la revista Exceso—, lo cierto es que Kico Bautista, del trópico, de este domicilio y de estas circunstancias, es un defensor del humor y un escapista del maniqueísmo y de los extremos. Un hombre sociable que aboga por el poder creador de las ideas y reniega de la confrontación.
 
Nacido el 25 de febrero de 1957 —la irreverencia como filón—, superada aquella etapa juvenil de acecho policial y pesquisas en la casa, para dolor de cabeza de su madre, está persuadido, reitera, de que la paz debe ser la apuesta. “Sí, es cierto que la paz implica temple, convicción, fuerza, la paz no garantiza sosiego, la paz te expone, la paz no es blandenguería ni cobardía”. Así como también, de que la violencia es fracaso. “Ningún golpe ha triunfado desde 1958”. Sus andanzas, con zapatos sin medias mucho antes de que se volviera moda, va, asegura, por el camino comprometido pero sin camisas de fuerza. Hay que espantar los traumas y los resentimientos, pudiera ir cantando con una guitarra. 

Que no se perciba como una postura acomodaticia. Como tibieza. Como ambigüedad. La vida no es una línea recta —¿no estamos en el país portátil?— hace zigzags.







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