Caracas a pedir de boca
Identidad 26/07/2020 08:00 am         


Amada es, tiene con qué. También es ayes en las solas y rotas calles, en la crisis y en el falle, en el anárquico valle.



Valle alargado al sol, Caracas es una sonrisa que contiene de una comisura a la otra, de Catia a Petare, tantos besos como olvidadas promesas de amor. Boca con sabor a mango, no amargo —y acaso en la palabra encierra un acertijo: man…go o ¡vete hombre!— el labio inferior es más robusto, y crece hacia el sur con un trazado que se desdibuja como el carmín. Un labial furibundo, frenético, rabioso que pintarrejea los caminos en la ciudad de los hechos rojos.

Bella, aunque abandonada, parece asimismo aguardar por un salvador que entienda sus deleites. Bella y con posibilidades infinitas, la baña una hermosa luz durante todo el día —al margen de las fallas eléctricas—, que convierte la montaña en la que se prolonga hasta el cielo en curvilínea sinuosidad cinética. Bella y atravesada con un río que por ahora es más Muerto a Miseria que Gloria a Sociedad, el Guaire es también sueño de vida así como las 22 quebradas caraqueñas que van a él, ha buen rato embauladas.

Puede uno imaginar —en un ejercicio de lavado de cerebro contra el lavado de cerebro— la paradisíaca estampa trazada con estos hilos de agua en vertical desde El Ávila hasta quién sabe dónde. La venosidad transparente de los arroyos descendiendo al únísono, sumando su rumor a la banda sonora de las estrepitosas guacamayas —y los motores— hasta definir otro damero, uno de aguas y puentes cruzándose. Vegetación alrededor y bancos para la contemplación. Postal idílica que nunca vimos, casi del Catecismo ¿es estrafalaria quimera? Hay ciudades que con un solo riíto alborotan el mundo. ¿Cómo no defender la vegetación exultante que nos privilegia? ¿Por qué la Laguna de Catia es sólo un recuerdo en las amarillas fotografías?
Sigue siendo un albur y un riesgo, la belleza: la saboteamos. En tiempos en que se entiende la vida como eso que nos ocurre gracias a todos —las abejas polinizadoras, los ecologistas zamuros, los perros enfermeros y, sin duda, los árboles purificadores del aire—, un equipo que confunde tala con Atila arrasa de un guamazo señeras provisiones de oxígeno, belleza y paisajismo urbano. Es lo que acaba de ocurrir con los sauces llorones de la Plaza de Las Tres Gracias —ver USO HORARIO, día 16—: un despropósito que sigue confirmando el ancestral desdén por nuestro posible edén. El 27 de marzo de 2015 fue talado injustamente un mijao centenario en la urbanización Los Palos Grandes; y 50 más allá. Los bambúes de la vía al Country se chamuscaron con las bombas lacrimógenas en 2017, aún no se reponen. Se anuncian desmoches en El Valle, ayer, porque el cerco eléctrico del miedo se les aproxima a los árboles y quién quita si aquello ¡se incendia! En tiempos de la Colonia —razzia de un año seguido: de 1713 a 1714— el gobernador de Caracas, José Francisco de Cañas, ordenó eliminar ¡todos! los árboles de la ciudad. Con sus propias manos y las de sus colaboradores de botas, hachas y machetes, se dieron a la devastadora tarea y pobre del que se opusiera ¡también sería deshojado! La enumeración es larga.

Pero ¿cómo no querer aprovechar para nuestro regodeo la vocación de verde que tiene Caracas, ciudad con el nombre de la nativa tribu Caracas, y nombre también de la sanadora yerba Caracas que crece como el monte en cualquier resquicio como diciendo viva la tenacidad? ¿La visual de Roberto Burle Marx: parque del Este, parque La Carlota, sueño dormido desde los sesentas, y el Ávila no es orgásmica? ¿Por qué resistirnos al placer?

Entre otras fortunas derivadas de tal circunstancia vital, o sea, erótica, como el aire puro o el sosiego que garantiza contemplar la naturaleza, la apuesta de convertirse en la ciudad más verde del planeta sería además un gancho turístico. Deberíamos y podríamos ganarle a Londres, ciudad de parques y que rescató el Támesis de la muerte, dispuesta a alzarse con los laureles. Ahora mismo está empeñada en ser más ecológica que ninguna otra y añade naturaleza donde quepa: techos, aceras, ventanas, muros, balcones, ay los balcones. Caracas, asfixiada con tanto, paradójicamente no solo reduce la vegetación sino que, encima, derriba construcciones emblemáticas. Se borronea. Se atrinchera.

La mala maña de derruir es sintomática y añosa. Como diría Cabrujas —ver USO HORARIO, día 17—, nos entrompamos contra lo que nos constituye. Retazos coloniales, reliquias de la modernidad que fue esplendente y motivo de reportajes de revistas internacionales, portada de Life y demás lijas, la ciudad es una cebolla: cuajada de capas históricas que se superponen, nos hace llorar; y ciertamente puede estar frita. Pero la hibridez en realidad es otro gancho de interés. La diversidad morfológica de la trama y la tramoya urbana puede convertirla en muestrario del mestizaje cultural, arquitectónico, social que somos. Caracas podría ser un catálogo de diseño y obras de arte servido en su heterodoxo territorio.

Deberíamos restaurar edificios señeros ahora mismo despellejados, calles enteras, barrios. Marcarse, para su protección y honra, con criterio de selección, la Ciudad Universitaria, sin duda, los hoteles Tamanaco, Humboldt y Ávila, las torres de El Silencio, el edificio Altamira que abraza la plaza y la plaza, todo Bello Monte, todo La Pastora, todo el centro histórico de Petare, el Teresa Carreño y alrededores, el Hilton, el Museo de Bellas Artes, la Galería de Arte Nacional, el Parque Los Caobos, la zona donde funcionaba el Celarg, la asociación Humboldt, calles completas de Los Chaguaramos, la avenida Victoria y su aroma a bollería, los bloques de El Silencio, el Hipódromo de La Rinconada, la Quinta de Anauco, la Casona de La Vega, Villa Planchart, la Casa Borges, la Casa Mendoza de la esquina de Veroes, el casco de El Hatillo, El Calvario y el barrio El Calvario, San Agustín, Catia, el Parque del Este, construirse el Parque La Carlota, preservarse La Candelaria, y las urbanizaciones Prados del Este, Valle arriba, La Floresta y Los Chorros y a todas bajarles los muros a sus casas como a las de todas la ciudad. ¿Qué falta en la lista? El Helicoide, la sede de la escuela Sojo, tan desportillada, el edificio Toki Eder de Chacaíto, las casonas —¡ay La Casona!— de La Campiña, La Florida y las de Campo Alegre, y toda Las Mercedes, el nuevo objetivo. Dolor de metales y vidrios ahumados que atraviesa los ojos, las piezas demolidas de esta zona residencial y comercial tan femenina, tan pizpireta, han sido sustituidas por cubos herméticos que no dialogan con la ciudad ni con ellos mismos, son construcciones ensimismadas, pret a porte que encierran su ¿delito?

Caracas también se clausura. Lastimada por la crisis, añádase la pandemia, Caracas añade el tapabocas paisaje encapsulado de rejas y murallas. A las preguntas ¿dónde están las casas de Gio Ponti? ¿Dónde el edificio Gastizar? ¿Y qué le pasó a Las Mercedes? podríamos sumar ¿dónde estamos todos? Los balcones, esos espacios que flotan entre el adentro y el afuera, que son conexión y solaz, ahora mismo vimos como España los convirtió también en palco, sala de conciertos, mini canchas deportivas, distancia social acortada simbólicamente y caja de resonancia de aplausos. En Caracas están condenados. Blindados. Ciegos. No nos vemos, ni por un huequito. ¿Y a dónde se fue el hombre en camiseta, dónde guardaron la bicicleta, qué fue de Julieta?

Por cierto que no pocos asombra que en un balcone, creación que suscribe la ingeniosidad italiana —esa que nos dejaría la mezzanina antes de cada primer piso—, tenga lugar una de las escenas capitales de la obra de Shakespeare cuando para el momento de su estreno —la escribió en 1596— no pendía de ninguna fachada inglesa una sola de estas fantásticas turgencias arquitectónicas. Eso significa que no más aparecieron se convirtieron en pieza consenso. En gusto compartido. En lugar común. Caracas, sin embargo, los bloquea. Escenarios de Shakespeare y Cyrano los consideramos zona roja de temer y ya no lo usa ni el tirano. Protagonista de nuestra historia patria, punto de inflexión de la causa independentista —el 19 de abril de 1810 Emparan hizo desde un balcón la consulta pública que perdió, el ¡no! de la muchedumbre reunida en la plaza lo obligó a dimitir—, toca, sin embargo, abrirlos. Como los ojos, la mente, los brazos.

Caracas tiene más retos. La democracia, la libertad, la paz, la justicia, la esperanza, la fraternidad, la igualdad, no es poco; es una revolución. Y eso traería de vuelva la noche, el espacio público, la rumba, la conexión entre sus partes de ciudad archipiélago, la inclusión, y una eficiente conectividad física, que no solo funcione, a duras penas, como punto de embarque urbano, Chacaíto. Recomendable la ciudad de los caminos cortos, el pastoreño tendría a mano la plaza de El Hatillo sin tanta vuelta. Aunque reconozcámoslo: otro gancho más de los miles de Caracas es su mezcla y terror a la homogeneidad para disfrutar —en un edificio puede haber tantas texturas de herrería como ventanas en la fachada—: es una ciudad que contiene miles, y recorrerla es un viaje de entre tiempos y modos de ver la vida. Los ruteros están persuadidos de ellos y subrayan en el anecdotario la sorpresa de siempre y la convivencia de lo distinto.

La creatividad no ha cesado, pero hay quien siente que los pasos a favor los damos en la banda febril de una caminadora eléctrica estática. Toda idea produce un efecto. Todo lo que contenga solidaridad, ternura, pasión germinará. No es posible ni deseable decretar sino construir. Decretar la felicidad es tan loco como concebir la hegemonía comunicacional. Pero sí podemos mudarnos emocionalmente a otra esquina de ideas. A la de Amadores, por ejemplo, y, con la bendición de José Gregorio que ahí cayó, jurarle a la amada ciudad quererla. Reconocerla. Volver a verla con buenos ojos. Volver a verla. Volver. 





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