El Encanto del Valse
Bulevar 17/01/2021 08:00 am         


Entre los cultores de nuestros valses figura el hoy día olvidado Lorenzo Herrera, quien compuso Tu amor fue una ilusión, que Magdalena Sánchez grabó en un disco ideado por Rodrigo Troconis



Por Eleazar López-Contreras

Con sus elegantes vaivenes, esguinces y cadenciosos desplazamientos de las parejas que se deslizan por la pista, flotando con la gracia de una gaviota planeando, la historia de la galantería tiene al vals de salón como música de fondo. En lo estrictamente popular, como en el music hall francés y en los escenarios de muchos países, tuvo el vals su asiento en el piano y en el acordeón, pero el género fue llevado a su máxima expresión por cultos compositores. Algunos grandes valses, como El Danubio azul y el Vals del Emperador (Strauss), el Vals de los patinadores (Waldteufel) y El lago de los cisnes (Tchaikowsky), son de corte romántico y fastuosos; pero los hubo de carácter más brillante y tumultuoso, como La Valse de Ravel, que él mismo describió como un “torbellino de carácter fantástico y fatal”. Lo popular es otra cosa.
En Francia figuran tres notables baluartes que han interpretado sonados valses: Edith Piaf, Mireille Mathieu y Charles Aznavour. El evocador La vie en rose, con letra de la Piaf, tal vez sea el más popular de todos, seguido de Le Derniére Valse (El último valse), que repopularizó Engelbert Humperdinck y que la Mathieu interpretó magistralmente en el Olympia de París con la orquesta de Paul Mauriat. En cuanto a Charles Aznavour (con el autor), sus discos han incluido muchos de sus propios valses, como es el caso de La Bohéme, que circuló en 1966. En todos estos valses la letra es importante.

La vie en rose apareció en el cine, en la película sobre el pintor Modigliani (2004), protagonizada por Andy García. El film reproduce la voz de la Piaf, pero veinte años antes (1954) figuró el nostálgico valsesito en la película Sabrina, con Audrey Hepburn. En materia de valsificación, América no se ha quedado atrás, pues a lo largo de todo el continente se han dado valses de todos los estilos y sonoridades. Este es el caso de Sobre las olas (1888) del mexicano Juventino Rosas (foto de 1890). Este fabuloso valse, que se creía europeo, llegó al Hit Parade norteamericano de la mano de Mario Lanza, en los cincuenta, con el título de The Loveliest Night of the Year; pero ya su música era harto conocida porque —curiosamente— parte de su popularidad se debe a que su melodía ha sido empleada como música de carrusel, además de ser invariablemente utilizada en los circos para acompañar las acrobacias de los trapecistas, sin contar su aparición en todo el mundo en calidad de estrella sonora de las cajitas de música suizas que causaron furor hace más de un siglo. No obstante, la popularidad de este gran valse ha sido superada por algunos valses menores, escritos por algunos de sus paisanos y colegas.

Tal vez el más popular de todos los valses mexicanos sea Cielito lindo, de Quirino Mendoza. Agustín Lara produjo tres muy populares (Granada, Noche de ronda y María bonita), pero ninguno como el romántico María Elena (“Tuyo es mi corazón/o sol de mi querer”), que el novel Trío Los Panchos popularizó como bolero (para el sello Columbia). Como parte de la música pop de esos tiempos, antes del advenimiento del rock and roll en los cincuenta, al lado de polkas y baladas eran populares los valses en Norteamérica, que venían desde muy atrás. Entonces podían escucharse el Tennessee Waltz, cantado por Patty Page; Tenderly, a cargo de solistas de trompeta; El vals del aniversario, con letra de Al Johnson y el viejísimo Fascination de Marchetti, que fue un hit en la voz Nat King Cole (quien cantó en español el inmortal valse de cumpleaños y serenatas mexicano: Las mañanitas).

En los EEUU ya habían sido populares Cielito lindo, en 1923, y Ti Pi tín, de María Grever, en 1933, gracias a la persistencia del condescendiente director de orquesta Horace Heidt, quien sistemáticamente lo promovió usando la letra en inglés de Raymond Leveen. Tal era la popularidad de este valsesito saltarín, que John Steinbeck lo menciona en su saga de 1939, La ira de las uvas. Un año antes, en 1938, aparecía Ti pi tín en el puesto número uno en ventas de las carteleras de Metronome, según las versiones hechas por Guy Lombardo y las Andrews Sisters. Como los valses eran moneda común en los musicales y películas de esos tiempos, en plena efervescencia de la música caliente de las grandes bandas, Fred Astaire cantó en una cinta el Waltz in Swing Time, que fue una especie de preludio a los valses criollos interpretados en el estilo Onda Nueva.

En USA la fiebre del valse fue aupada por academias de baile como la de Arthur Murray; pero, en tiempos de la Primera Guerra, en sus propias academias Vernon y Castle habían introducido el dramático “Hesitation Waltz” (el valse de la duda), que requería que los bailadores se detuvieran en un pie durante un compás, antes de reanudar los movimientos. Más hacia el sur —en Venezuela—, no se promovía la coreografía, salvo en ocasiones especiales, como es el caso de Conticinio que, desde los cuarenta (pero ya nomás), han bailado las quinceañeras en sus fiestas. Conticinio es uno de docenas de excepcionales valses escritos por compositores venezolanos, a partir del último tercio del siglo diecinueve. Uno de ellos, ya perteneciente al siglo veinte, fue Geranio, de Pedro Elías Gutiérrez, que mezclaba el corte vienés con el vivaz valse criollo. Invitado al Ecuador por Eloy Alfaro, pariente de su esposa (Laura Santos Alfaro) y, a la sazón, presidente de ese país, éste le ofreció la dirección de la Banda Nacional de Quito, a lo cual el maestro declinó muy cortésmente. En agradecimiento escribió Geranio, que obtuvo popularidad continental; el último sería Ansiedad de Chelique Sarabia, también autor de otros valses chicos como el pegajoso Cuando no sé de ti, el cual está muy distante de otros elaborados valses criollos como el Vals N° 3 de Antonio Lauro (Nathalia), o los originalísimos valses de Aldemaro Romero, pero cercano a los valses peruanos, que son más comerciales, ya que han conformado el repertorio de muchos tríos.

Algunos títulos de los viejos populares valses de antaño venezolanos reflejaban la época y algunos rasgos del carácter del venezolano. Había títulos románticos (Arrullo de tórtolas, Quejas del alma), encomiásticos (Siempre invicto) y otros, ya posteriores, hasta con nombres de películas (La máscara de los dientes blancos). Como el valse de Heraclio Fernández (El diablo suelto), algunos de estos eran de corte humorístico, como es el caso del jocoso Llorando y vistiendo el muerto y de otro valse que lleva el estrambótico título de Cabeza de tres pepas. Pero hay valses con letras muy realistas, pues no todos los valses son de corte humorístico o romántico. En los años veinte se escuchó en Caracas un disco de Margarita Cueto, quien grabó en Cuba La cocaína, un atrevido valse lento cuya letra de pasión y crimen (amor, traición, despecho, licor, puñaladas) habla del polvo blanco como consuelo ante el desvarío y la desesperación: Viva el champagne/que da el placer/quiero reír/quiero beber/mi juventud ya declina/dadme a probar la cocaína.

Los valses peruanos más conocidos son: Nube gris, Historia de mi vida, Amarraditos, Ódiame (el de letra más realista y hasta rocolera), El plebeyo, Estrellita del sur y el botón de todos: La flor de la canela, de Chabuca Granda, también autora de Fina estampa. Pero todos los países tienen valses conocidos, Colombia, Cuba, Puerto Rico… Como expresión de un tardío romanticismo, del compositor puertorriqueño Benito de Jesús es la estrofa que muchos escuchamos cantar a Julio Jaramillo: Si tú mueres primero, yo te prometo/escribiré la historia de nuestro amor/con toda el alma llena de sentimiento/la escribiré con sangre/con tinta sangre del corazón. Claro, letra bastante alejada de las ingenuas venezolanas como: Dame la tierna luz /que tiene tu mirar /que es como el titilar/de una estrella de amor. (Por cierto, letra “improvisada” por Arnaldo Rivas Toledo sobre la música de Antonio Carrillo, para el LP Serenata en Vzla. de M.A. Muñiz, originalmente destinado por el productor Freddy León para Alfredo Sadel en 1968).

Los valses que han tenido menos acogida internacional son aquéllos de origen curazoleño. A pesar de que Padú del Caribe (Padú Lampe) hizo carrera pianística grabando valses venezolanos, jamás promovió a los de su propia isla, que tuvo como dedicados cultores del género a la familia Palm (que son siete). En la Argentina se dio el tango-valse, pero sus valses más notorios son Alfonsina y el mar, que trascendió fronteras, y Amores de estudiante (Hoy un juramento/mañana una traición/amores de estudiante/flores de un día son), con música de Carlos Gardel y letra de Alfredo Le Pera. De Cuba se conoce el valse Damisela encantadora, de Lecuona, pero ese país produjo pocos valses, contrario a lo ocurrido en Colombia, donde el valse era llamado originalmente “el Strauss”, mientras que en Venezuela, como en el Perú, fue llamado valse criollo.

Entre los cultores de nuestros valses figura el hoy día olvidado Lorenzo Herrera, quien compuso Tu amor fue una ilusión, que Magdalena Sánchez grabó en un disco ideado por Rodrigo Troconis, en el que el piano dobla al arpa, tal como si se tratara de la conocida profunda combinación armónica de piano-vibráfono (con acordes de diez dedos en el piano). A la cantante de imperturbable moño negro y mariposeantes trajes de faralao, que sólo se le conoce como cantante de joropos y galerones, pero que también cantaba valses, Graterolacho, poseedor de un ojo de garza que le permitía fijar con alta fidelidad al artista y su obra, la dibujó con el pincel lírico de su musa: “Esta Magdalena Sánchez/hace mucho tiempo canta/desde aquel tiempo en que nadie/lo de esta tierra cantaba. /Se quedaban las canciones vibrando entre las guitarras/y nadie las recogía/y nadie las divulgaba/pero Magdalena Sánchez/llegaba con su garganta/y echaba a volar alegre/el ave de las palabras,/palmera que no se muere/alondra que no se cansa /clarín de voz sonora/que la emoción despertaba/pintando en lienzo de cuerdas/el tricolor de su Patria”. Por supuesto que en lo musical “el tricolor de la Patria” está pintado con los colores del joropo, del merengue y, por supuesto, del vals.












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