Fellini 8½
Bulevar 21/11/2021 08:00 am         


Dentro del equilibrio, esta es una película fabulosamente desordenada



Por Francisco A. Casanova S.

FEDERICO FELLINI (1920–1993)

A principios de la década de los sesenta y luego de haber dirigido una de sus obras maestras “La Dolce Vita”, Federico Fellini sentía el peso del reto que tenía, que su próxima película debía superar todo lo anterior y se produce su ya célebre crisis paralizante que le tuvo prácticamente apartado en el dique seco y le tocaba reinventarse. Entró en una crisis poderosísima a todos los niveles y en un momento feliz encontró lo que buscaba: una película sobre un director que ya no sabe qué hacer y a partir de ahí se recicla y el resultado es 8½, una película magistral, lírica e imaginativa, estimulante y emocionante, una comedia expresionista y circense sobre la compleja vida mental y social de un gran cineasta atrapado por un tema y el ajetreado mundo que le rodea. 8½, es la síntesis y encrucijada en la carrera de Federico Fellini, uno de los más grandes directores de la historia del cine y uno de sus más imaginativos e innovadores y con esta película incursiona de modo novedoso en un experimento de introspección relacionado con las dificultades de la creación artística.



El personaje principal de la película es un famoso cineasta italiano llamado Guido Anselmi, extraordinariamente interpretado por Marcello Mastroianni, y que es un alter ego transparente del propio Fellini. En la pantalla se suceden, entremezclados caprichosamente, los recuerdos de infancia, la dificultad de comunicar con el padre, la figura impotente de la madre, la fascinación del niño Guido ante el monumental portento sensual de una vagabunda en la playa, la “Saraghina”, y las reprimendas de los religiosos en la escuela que le advierten que esa mujer sólo puede ser el diablo. El protagonista es un hombre que asiste confuso, casi inerme, al agobio de un proyecto artístico cuyo sentido final y su organización inmediata parecen escapársele por completo. Quienes le rodean (colaboradores, amigos, amantes) intentan rescatarlo de ese marasmo, mientras inclementes paparazzi, productores exigentes, críticos de cine, e incluso jerarcas eclesiásticos, persisten en presionarlo arrinconándolo en su impotencia. Su refugio final será la huida al mundo paralelo de la fantasía y los recuerdos, y es ahí donde Fellini despliega, de modo formidable, toda su imaginación y su talento.

El rodaje de 8½ se inició el 9 de mayo de 1962 y culminó a comienzos de octubre de ese mismo año. El avance era meticuloso pero lento, cuidadoso del detalle hasta la exasperación, pero también como reflejo de la permanente improvisación. En 8½, el equilibrio es perfecto, una película que se sitúa en el espacio incómodo pero productivo entre la fantasía y lo real y que involucra a los personajes más variopintos de la sociedad romana. Dentro del equilibrio, es una película fabulosamente desordenada. El ojo se mueve inquieto sobre las cosas, rara vez se asienta. Estamos dentro de una crisis, sin aparentemente nada noble. El héroe de la película, el acosado director Guido Anselmi (Mastroianni), mezcla continuamente como un modo de huir de una realidad que considera incomoda y paralizante con una serie de huidas a través de sueños, de imaginaciones, de fantasías, de recuerdos. Por otra parte cómo es un director de cine que está preparando una película, toda la ficción la construye a partir de su realidad, de su biografía. En la película Fellini establece el tema de la confusión y esta confusión se enmarca de una manera magistral en una primera secuencia en la que vemos al personaje atrapado en un coche en medio de un embotellamiento en el interior de un túnel que Fellini filma con pequeños congelados de imagen para expresar precisamente esa paralización en medio de una confusión que le tiene detenido o parado en la vida como parado en el cine y en la secuencia final que es la expresión de liberación a través de aceptar la confusión.

El crítico de The Guardian, Michael Newton sostiene que 8½ es una comedia de la culpa, de una vida desgarrada por la falsedad. En un doble sentido, Guido vive incumpliendo un contrato. Compromete el trato que ha hecho con sus productores, declarando que tiene una película entre manos cuando en realidad no tiene nada; y, más oscuramente, socava su promesa a su esposa, por su aventura con otra mujer. Una necesidad de picardía, de narración, impulsa el adulterio de Guido. La película retrata con brillantez la naturaleza farsante de la vergüenza, exponiendo en la relación de Guido con su amante su vergüenza esquiva, el modo en que la quiere y a la vez intenta negar toda pretensión hacia ella. En el papel de Carla, la amante del director, Sandra Milo nos regala el apogeo de esta comedia de engaños al descubrir, mientras se aproxima con elegancia, que Guido está en realidad en la mesa del café con su esposa y se las arregla para caminar en dos direcciones a la vez, sus piernas se dirigen hacia la izquierda mientras ella se lanza hacia la derecha. Sandra Milo no sólo era la amante de Guido en la película, sino que también fue amante de Fellini en la vida real. Ésta es sólo una de las formas en que 8½ nos introduce en una sala de espejos, donde la realidad y el arte resultan indistinguibles entre sí.

La película se cierra con una muerte que parece poner fin a la posibilidad de que la película de Guido se haga realidad. Por un momento, las cosas se detienen, y hay una atmósfera de nostálgica despedida. Y entonces Fellini da un golpe maestro, reivindicando la vida como una fiesta, y una fiesta para compartir. Cuando Guido y su esposa Lucia se unen también al baile que dirige Guido, ya no dirigiéndolo sino formando parte de él, resulta ser uno de los momentos más conmovedores del cine.

El guion de la pelicula fue elaborado por Fellini, Ennio Flaiano, su colaborador Brunello Rondi y Tullio Pinelli. Ya con varias versiones, una pensión romana en la periferia de la ciudad brindó el aislamiento necesario para que Fellini y Pinelli elaboraran una versión cercana al original y que, en rigor, sólo llegó a manos de Marcello Mastroianni para ser un elemento decorativo en la cotidianeidad de un set de filmación marcado por la creación libre y la improvisación. En el rodaje no faltaban los perfiles de las mujeres que se integraban a la historia de Guido Anselmi mostrando tres facetas: la esposa lúcida y desencantada (Anouk Aimée) que tolera sin reparos las infidelidades reiteradas de Guido, o la amante frívola y sensual (Sandra Milo) que con mil artificios procura atizar el apetito sexual del director fatigado, y la confidente comprensiva (Claudia Cardinale), imagen idílica de la pureza femenina, que habrá de ser la conciencia sabía que indicará el camino de salida a la confusión afectiva del cineasta y la Saraghina (Edra Gale), que evoca las pulsiones sexuales de la adolescencia.

Pocas veces ha sido más fructífera la conjunción de música y fotografía en el cine como en este caso en que la cámara de Gianni di Venanzo brinda, en blanco y negro, las mejores texturas oníricas del cine de Fellini, y donde el compositor Nino Rota ofrece la más emblemática de sus partituras. Dieciséis películas, un especial para TV y un ballet son la síntesis profesional de casi treinta años de amistad entre Fellini y Nino Rota, que significaron en el campo musical una presencia activa de la partitura como parte de la narración misma. Aunque Fellini explicara a Camilla Cederna que había en 8½ mucha menos música que la habitual: “Solo hay un motivo de Rota, que es una delicada marcha de circo ecuestre. Naturalmente, y con su acostumbrada gracia, Nino se ocupará de las uniones entre fragmento y fragmento, y también de muchas adaptaciones”. Hoy resulta imposible pensar en 8½ sin la música que es, muy probablemente junto con las de La strada, La dolce vita y Amarcord, parte indivisible de la experiencia cinematográfica. Sin embargo, el tema más famoso de 8½ fue compuesto para el trailer de la película y luego, cuando quedó definido ese final de pasarela circense, fue Fellini el que decidió sumarlo al film incluso sustituyendo el que había sido pensado a tales fines, la Marcia dei gladiatori del compositor checo Julius Fucik, que se integraba así a pasajes de La cabalgata de las valquirias (Wagner), El barbero de Sevilla (Rossini), Gigolette (Lehar) o el Cascanueces (Tchaikovsky), con arreglos de Rota, junto a otras de su propia autoría. Desde entonces la música será un protagonista más en el cine de Federico Fellini.

El escritor y periodista italiano, Alberto Moravia público en L’Expresso: “El personaje de Fellini es un erotómano, un sádico, un masoquista, un mitómano, un temeroso de la vida, un nostálgico del pecho materno, un tonto, un mistificador y un tramposo. En algunos aspectos se parece a Leopold Bloom, el héroe del Ulises de Joyce a quien Fellini muestra en varios lugares que ha leído y meditado. La película es toda introvertida, es decir, en esencia es un monólogo interior que alterna con escasos atisbos de la realidad. Fellini ilustra la neurosis de la impotencia con una precisión clínica impresionante y, quizás, a veces incluso involuntaria. [...] Los sueños de Fellini son siempre sorprendentes y, en sentido figurado, originales; nunca en los recuerdos brilla un sentimiento más delicado y profundo.”
Federico Fellini nace en Rímini el 20 de enero de 1920. Mientras cursa los estudios de Bachillerato, el futuro director comienza a ser conocido como caricaturista. A partir de los primeros meses de 1938 empieza a colaborar con el periódico "La Domenica del Corriere". En 1939 se traslada a Roma, bajo el pretexto de matricularse en Derecho. En aquel período trabaja en la redacción de Marco Aurelio, una famosa revista satírica, adquiriendo cierta notoriedad gracias a centenares de trabajos que publica firmados por él mismo. Se relaciona con ambientes de espectáculo de variedades, escribiendo monólogos para el cómico Aldo Fabrizi, y colabora para programas radiofónicos donde encuentra a la joven actriz de teatro Giulietta Masina (1921-1994), con quien se casa el 30 de octubre de 1943. Al redactar los guiones de las películas de Fabrizi y de otros, el director de Rímini muy pronto destaca como guionista. Junto con Roberto Rossellini, quien se convierte en su íntimo amigo, trabaja en “Roma città aperta” e inmediatamente después en “Paisá”. Opta por unirse al comediógrafo Tullio Pinelli, con el que trabajará siempre. Juntos, llegan a ser dos de los guionistas más solicitados, y trabajan para diferentes directores de cine como Pietro Germi y Alberto Lattuada. En 1950 Fellini se estrena como director; primero, dirige, junto con Alberto Lattuada, la película Luces de variedades, que ambos autoproducen y salen de esta aventura llenos de deudas. Se lleva un chasco también con su primera película El jeque blanco (1952), pero el éxito llega con Los inútiles (1953), que le vale un León de Plata en Venecia, además del éxito decisivo de Alberto Sordi. Los años siguientes están llenos de triunfos como La strada (1954), con Giulietta Masina, con el que consigue un merecido Óscar, y que harán de Fellini un respetado y admirado director de cine. Entre sus películas más destacadas se pueden mencionar: Las noches de Cabiria (1957, otro Óscar), La dolce vita (1960, Palma de Oro en el Festival de Cannes), Ocho y medio (1963, Óscar), Satiricón (1969), Roma (1972), Amarcord (1973, Oscar), El Casanova (1976), Ensayo de orquesta (1979), Ginger y Fred (1985), La entrevista (1987, premio por los cuarenta años del Festival de Cannes y gran premio del Festival de Moscú), La voz de la luna (1990). Fellini representa uno de los directores de cine que recibió más Premios Óscar, en concreto, cinco.

En sus mejores momentos, sus películas logran un equilibrio perfecto entre la fantasía y la realidad, y en ningún lugar es más evidente que en su clásico 8½. Fellini expuso en una ocasión los requisitos básicos para ser director de cine. Entre ellos, la curiosidad, la humildad ante la vida, el deseo de verlo todo, la pereza, la ignorancia, la indisciplina y la independencia. Aunque probablemente todas estas cualidades impregnen sus películas, es su curiosidad y su apertura al mundo lo que encanta, como dijo una vez, su "inmensa fe en las cosas fotografiadas", la sensación de que el cine puede permitir un momento de comunión entre el espectador y las cosas, entre usted y un rostro humano.

En lo que respecta a las personas y los lugares, Fellini dijo de sí mismo: "Mi capacidad de asombro es ilimitada... No soy insensible a nada". Es cierto que el caos está ahí, pero es creativo; posee el inmenso don de no conformarse nunca con una visión fija de la vida. No condena a nadie. Como sugirió, sus películas son juicios, pero vistos por un cómplice, más que por un juez. Se nutrió de una cultura genuinamente popular: los cómics como Flash Gordon y el circo. Su cine pertenece a la feria, no al museo. Los cómics fueron una influencia fundamental para él: no escribía sus películas, sino que las dibujaba, haciendo bocetos, garabatos y diseños que abrieran el espíritu de la película. Para Fellini, sin embargo, el cine significaba un espacio libre para la fantasía y la memoria, y una forma en la que la fantasía podía transformar la memoria en una mentira seductora y veraz. Aunque todo el arte tiene sus raíces en una vida, es sorprendente el escaso número de cineastas expresamente autobiográficos: Woody Allen, Andrei Tarkovsky en Mirror, Bill Douglas y unos pocos mas. Fellini, que a menudo se identifica con su obra, es quizás el más notable de este selecto grupo. Una "vena autobiográfica" recorre muchas de sus películas, cada una de ellas encapsulando una etapa de su vida. Sin embargo, al ver sus películas nadie debe pensar que está conociendo los hechos de Fellini. Nunca dejó que los hechos se interpusieran en el camino de una buena historia. Sus películas nos seducen con la invención de una vida, lo maravilloso convertido en maravilloso; no las pequeñas verdades de la anécdota, sino la evocación de cómo podría haber sido. Bailan alrededor de la línea divisoria entre lo imaginado y lo real. Fellini decía: hablar de sueños es como hablar de películas, ya que el cine utiliza el lenguaje de los sueños; los años pueden pasar en un segundo y se puede saltar de un lugar a otro. Es un lenguaje hecho de imagen. Y en el cine real, cada objeto y cada luz significan algo como en un sueño.

En sus primeras películas, los personajes tienen la fuerte sencillez de los niños o la complejidad de los taimados; son niños o estafadores. Los mejores inocentes de todos son los interpretados por su mujer, Giulietta Masina, en La Strada (1954) y Las noches de Cabiria (1957). Ambas películas son gloriosas. En este caso, la comedia de Fellini -como la mayoría de las grandes comedias- funciona rompiendo nuestros corazones y encontrando todavía la capacidad de esperanza silenciada. El gran problema de sus personajes es la soledad. Su solución, cuando puede ser inventada, es la conexión entre las personas, incluidas las parejas más improbables. Masina es el alma de estas historias, una actriz dotada de uno de los rostros más expresivos y vitales jamás vistos en la pantalla. En ambas películas es una santa tonta, una payasa "Auguste", una golfa feliz. A medida que avanzaba su carrera las películas de Fellini se volvieron cada vez más alucinantes. Fellini fue un director fiel a sí mismo, a sus constantes obsesivas, a sus anhelos artísticos, a sus experimentos visuales dotados de una singular poesía que escondían la mirada, que nunca dejó de ser, del pequeño provinciano deslumbrado con la gran ciudad.

Federico Fellini que redefinió para siempre al cine italiano y construyó un sueño onírico y fantástico que supo interpretar la identidad de toda Italia, falleció el 31 de octubre de 1993 en Roma a los 73 años. Fue un gigante y un maestro del cine, con una muy particular visión del mundo, un sentido poético de la realidad, que pintaba a través de la construcción cinematográfica desarrollando un tema, sincronizando y uniendo imágenes visuales muy estilizadas, música, movimientos de cámara y de actores dejando una obra maravillosa y única.






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