Siempre la Unidad
Historia 24/01/2021 08:00 am         


La larga lucha contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez demostró que solo la conjunción de fuerzas en torno a un objetivo común, sin exclusiones



Ni sectarismos, abona el camino hacia la victoria de las fuerzas democráticas


Un camino lleno de disputas, antagonismos y rivalidades, y empedrado con la trágica experiencia de casi un decenio de una dictadura militar férrea y represiva, fue moldeando progresivamente, la amplia y sólida unidad que abrigando en su seno, desde el Partido Comunista, hasta la Iglesia Católica, permitió el derrocamiento del régimen de Marcos Pérez Jiménez y la construcción de una democracia que con virtudes y defectos se constituyó en el periodo de mayor libertad, estabilidad y avance de Venezuela en toda su historia.

Cuando el 24 de Noviembre de 1948 las Fuerzas Armadas actuando orgánicamente deponen mediante un golpe militar al presidente Rómulo Gallegos, primer mandatario elegido democráticamente, el país vive una situación de agudos antagonismos y exacerbada confrontación política, motivado en lo fundamental por la pretensión hegemónica y la actitud sectaria y excluyente que el partido Acción Democrática ejerce desde el poder, al que ha accedido mediante una sociedad con los mismos militares que ahora los persiguen y proscriben, y que actuando en comandita protagonizaron la asonada castrense que derrocó al general Isaías Medina Angarita el 18 de octubre de 1945.

El denominado “trienio adeco" fue una etapa controversial, donde hubo avances democráticos importantes como la consagración constitucional del voto universal, directo y secreto para la elección de todos los cargos representativos, y con ello el pueblo venezolano pasó a ser actor político fundamental, pero cuya conducta por parte del partido gobernante estuvo signada por el copamiento burocrático del Estado, y desde allí por la intención de apabullar al adversario proclamando el propósito de un poder a muy largo plazo, lo que determinaría una pugna muy seria con las otras fuerzas políticas incipientes como COPEI y URD y en lo social con factores determinantes como la Iglesia Católica venezolana y sectores económicos tradicionales.

Cuando los militares ponen fin al gobierno de AD. COPEI, el partido que en 1946 fundara Rafael Caldera para encabezar la oposición, y URD la entonces pequeña agrupación nucleada en torno al legendario prestigio de Jóvito Villalba, muestran simpatías inocultables por el pronunciamiento castrense y hacen votos por la recuperación democrática, mientras el Partido Comunista que ha pasado de incondicional del Medinismo, a simpatizante del populismo obrerista del depuesto régimen, deplora la interrupción del proceso democrático.

Los primeros cinco años de la dictadura uniformada bajo sus variantes de Junta Militar presidida por Carlos Delgado Chalbaud y Junta de Gobierno encabezada por Germán Suarez Flamerich, solo servirán para ahondar las diferencias entre las fuerzas opositoras. AD sumergida en la lucha clandestina dedica sus esfuerzos en solitario a la procura de un golpe militar que les asegure la vuelta al poder y la revancha de sus derrocadores, en tanto que URD y COPEI se manifiestan partidarios de una evolución pacífica y electoral, que conduzca a la restitución democrática mediante un proceso electoral prometido desde el comienzo por el supliciado Delgado Chalbaud y el Partido Comunista, ilegalizado desde la huelga petrolera de 1950, actúa en solitario desde sus reducidos espacios clandestinos.

La convocatoria en 1952 a elecciones para una Asamblea Constituyente, primer paso para la restitución democrática, solo servirá para dividir aún más a las fuerzas políticas que se oponen al régimen militar. URD y COPEI, cuyos líderes Caldera y Villalba, han formado parte de la redacción del Estatuto Electoral, se aprestan a participar en la contienda a realizarse el 30 de noviembre, mientras AD encabezada por Rómulo Betancourt desde el exilio, y por Leonardo Ruiz Pineda desde la clandestinidad, denuncian la convocatoria como una farsa, de resultados predeterminados y destinada a darle legitimidad a la dictadura. El Partido Comunista por su parte decide respaldar las Formulas postuladas por el binomio Villalba-Briceño Iragorry, y logra la inclusión de algunos dirigentes en las listas de candidatos a diputados.

La clamorosa victoria obtenida por URD y Jóvito Villalba, en los comicios del 30 de noviembre de 1952, y el posterior desconocimiento y “arrebatón” electoral de la dictadura, tampoco lograron acercar posiciones entre las distintas fuerzas opositora, a pesar de que se intentara un primer embrión de entendimiento entre el PCV, URD y una Acción Democrática que derrotada en su línea abstencionista, buscaba de la mano de su nuevo secretario general clandestino Alberto Carnevali, impulsar un movimiento en defensa de la victoria de Jovito Villalba. Esas gestiones permitirán convocar una poco concurrida manifestación en El Silencio duramente atacada por la brutalidad represiva que ahogaría cualquier posibilidad de hacer efectivo el triunfo popular obtenido en las urnas.

La expulsión del país de Jovito Villalba, y el hostigamiento permanente a Rafael Caldera, único líder político que permanece en Venezuela, tampoco harán factible en lo inmediato diálogos o acercamientos entre líderes y partidos opositores, entre los cuales siguen predominando viejas rencillas y desencuentros. Rómulo Betancourt intenta en reiteradas oportunidades restablecer vínculos con Villalba, pero en éste pareciera estar demasiado fresco el recuerdo del llamado abstencionista de AD, que dificultó prepararse mejor para la confrontación electoral con la dictadura y evade llamadas y mensajes una y otra vez.

1953, 1954, 1955 y 1956 serán denominados como “años de ratas “, tal grado de efectividad y terror logra imponer la dictadura que ahora preside directamente el general Pérez Jiménez. Su aparato represivo, la tristemente célebre Seguridad Nacional, dirigida por el lombrosiano Pedro Estrada, desmantela toda forma de organización clandestina, reduciendo casi hasta la inexistencia a las direcciones de AD, y achicando al pequeño aparato del Partido Comunista cuyo símbolo de resistencia, el legendario Pompeyo Márquez "Santos Yorme", logra evadírsele una y otra vez, mientras URD y COPEI entran en un virtual receso de sus actividades.

Una combinación de "plata y plomo" dará al régimen militar un periodo de estabilidad cuatrienal. Los grandes recursos del Fisco Nacional, incrementados con la subasta de nuevas concesiones petroleras, le permiten al régimen una política de expansión del gasto público y de grandes construcciones, que aseguran la paz social con la complicidad de los sectores económicos y la proscripción de toda organización o reclamo sindical. El terror inhibe y desmoviliza, brindando una sensación de conformidad y aceptación de la dictadura por parte de la ciudadanía.

Será en 1957 a cuyos finales de año y por imperativo del artículo 104 de la Constitución perezjimenista de 1953, deberán realizarse nuevas elecciones presidenciales, cuando al principio casi imperceptiblemente comiencen a darse los primeros signos de reanimación política, lo que abriría el camino de la futura unidad que tendrá un hito importantísimo el 1° de mayo de ese año, cuando desde todos los púlpitos de las iglesias se lea la carta pastoral suscrita por el arzobispo de Caracas, Monseñor Rafael Arias Blanco, cuyo contenido denunciaba las deplorables condiciones económicas y sociales en que vivía la inmensa mayoría del país, sugiriendo la implantación de un salario mínimo vital y familiar para hacer frente al padecimiento de la clase desposeída.

El mensaje del máximo pastor de la Iglesia tendrá un doble efecto: la reprimenda, la persecución y la confrontación por parte del régimen, y el comienzo del despertar de un país aletargado bajo los oropeles o el miedo impuesto por la dictadura.

En julio de ese mismo año, tanto en las direcciones clandestinas de los partidos, reanimadas por el ingreso de cuadros políticos del exterior, como de las jefaturas del exilio, comienza una reflexión que necesariamente conduce a la opción unitaria. Solo mediante la conjunción de todas las fuerzas políticas, sociales, gremiales, empresariales y religiosas, era posible asegurar la derrota de la dictadura, sobre todo de cara al proceso electoral que obligatoriamente debería realizarse a finales de ese año. En Caracas, en el apartamento del periodista Fabricio Ojeda, se realizan entre dirigentes de URD y el Partido Comunista reuniones destinadas a la conformación de un organismo unitario que coordine las acciones contra la dictadura, la iniciativa que luego será bautizada como “Junta Patriótica”, se fortalecerá con la incorporación de AD, cuya joven dirección ignora los llamados de Rómulo Betancourt a no participar en iniciativas políticas con los comunistas, y finalmente el partido COPEI, engranándose un mecanismo de conducción política que pronto se extenderá geográfica y socialmente, para convertirse en un auténtico centro de dirección unitaria.

Habían tenido que pasar casi 9 años de aquella durísima experiencia de pérdida de libertad, persecuciones, represión y terror, para que los dirigentes políticos, olvidaran viejas rencillas, antiguos agravios y rivalidades, y entendieran que solo conformando un único frente contra la dictadura amplio y sin exclusiones, era posible poner fin a aquel largo periodo de horror. Se había cumplido una dura prueba, una amarga lección, que ahora abonaba el camino hacia la recuperación de las libertades democráticas.

La amplitud de la unidad forjada cuyos extremos se extendían desde la alta jerarquía católica, hasta el ateísmo marxista, denotaba la madurez de un liderazgo cuyos golpes habían enseñado que solo desterrando el sectarismo y la confrontación, o como gustaba llamar a Betancourt "los odios cainitas" era posible la reconquista de la libertad. Lo demás es historia sabida y repasada. El fraude del plebiscito con el que la dictadura pretendió extender su mandato, y que fue tan grotesco e indigerible que generó reacciones adversas, incluso en sectores que todavía le daban apoyo como el militar; el alzamiento de Hugo Trejo y la Aviación del 1° de enero que sirvió para demostrar la pérdida de apoyo y la descomposición en las filas uniformadas, y toda la crisis castrense y la movilización civil organizada y direccionada por la Junta Patriótica que culminara con la huida del dictador el 23 de enero de 1958.

La unidad sin exclusiones de todas las fuerzas, sectores e individualidades que se oponen al despotismo y la tiranía, dejando a un lado rivalidades, diferencias y antagonismos, es la gran lección intemporal que más allá de lo histórico y anecdótico nos deja el 23 de enero de 1958 a los venezolanos.







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