La Caída del Imperio Musical
Historia 11/04/2021 08:00 am         


Si estamos pensando en esas maravillosas y originales creaciones de las grandes orquestas, instrumentos, voces y canciones que alguna vez nos hicieron vibrar de emoción



Esas, como las oscuras golondrinas de Bécquer, no volverán

Por Eleazar López-Contreras


Si un género pasa ostensiblemente por las cuatro distintas etapas evolutivas que marcan cualquier ciclo (gestación, crecimiento, madurez y decadencia), entonces es fácil precisar su grado de agotamiento. Esto significa que algunos géneros musicales han llegado al final del camino o que han sido asimilados o transformados para luego reaparecer bajo otras formas (por ejemplo: el rock and roll que emergió del patrón armónico del desaparecido boogie).


LA ALARMA ROJA

No es fácil que una cultura cada vez más obsesionada con la juventud, las novedades, la tecnología, las máquinas y los aparatos (gadgetry), abrace una música que requiera de cierta concentración y algo de comprensión histórica. Si esta circunstancia ha encendido algunas alarmas se debe a que éstas han sido activadas por las debilidades detectadas en diversas corrientes. Esto no excluye a la tecno-música de nuestros días y los “sonidos” de los tiempos, cuya manifiesta artificialidad exhibe una completa y absoluta carencia de solidez, sustancia y carácter. (Por supuesto que no hablamos de abominaciones musicales, como algunas en las que suelen soltarse groserías rimadas en cadena, sobre un ritmo machacante y con escasísima calidad musical). El bombillo rojo titila aún más al advertir que la Generación X considera la notoria frialdad de esa música tecno como virtud, cuando en realidad es un defecto.

En cuanto a la inexpresiva nebulosidad que le proporciona su implícita indefinición de timbres y colores, no es esta música digital la que nos hará temblar de emoción. Como muchos hallan en esta monótona uniformidad y simpleza un reflejo fiel de la creciente superficialidad del mundo que los rodea, ello nos lleva a sospechar que su consumo masivo nos está conduciendo hacia una especie de fast-food musical. Esta progresiva MacDonaldización de los gustos seguramente relegará a la música gourmet a ser plato de minorías, si bien es cierto que las baladas de hoy día superan, en su presentación armónica, a los boleros de antaño, aunque ambos compiten en emotividad.


PILARES Y PATRONES

Si la académica es la música que satisfizo los anhelos estéticos y espirituales más profundos y fundamentales del ser humano, y si el jazz, con su cúmulo de exigencias, es el medio expresivo más importante para el talento en lo popular, siendo la rica variedad de ambas formas las que resolvieron los principios fundamentales de la complejidad técnica y expresiva de la música, hemos de concluir que hemos llegado a un tope.

Si bien es cierto que los medios computarizados poseen cualidades imitativas y antropomórficas, no es su capacidad para simular sonidos la que habrá de generar una música real. Cabe recordar que, en su camino ascendente, la música en general alcanzó la cumbre, como medio de expresión, en el período clásico-romántico. La alta perfección entonces lograda en forma y fondo, hace imposible que ésta pueda ser superada en su balance y equilibrio en cuanto a melodía, armonía, ritmo, composición y orquestación.

Por esta razón —generalizando un poco—, no cabe esperar una expansión similar dentro del sistema tonal establecido, que supere el uso de estos elementos en los mismos términos, sobre todo en lo referente a la melodía y su débil presentación electrónica. Dejando a un lado los aportes expresivos regionales y folklóricos que tienen vida propia, y apartando algunos sonidos que corresponden a la contemporaneidad y al progreso, si hemos de convalidar las formas alternas que presenta la música ultra-light de estos tiempos, como es el caso de la instrumentación de algunos temas tecnotemas Disneyescos y el espantoso crossover operático-pop de tenores líricos interpretando boleros, entonces podemos concluir que éstas no están a la altura de los ricos y variados estilos históricos que hemos conocido.

La consideración adquiere una alarmante validez si consideramos que la música actual parece conducirnos hacia aquella que se relaciona con sonidos sintéticos o con estrambóticas manifestaciones al estilo del octeto británico Stomp, que entre otras menudencias emplea para sus danzas y música docenas de tubos, cajas de fósforo, pipotes de basura, ollas de cocina, arena, racimos de bananas, latas, palos y escobas. Claro que estos atrevimientos experimentales abren posibilidades para la expansión de la música, pero no para sustituirla.


EL FACTOR BÉCQUER

A pesar de que siempre debemos mirar hacia adelante, al evaluar la herencia musical del pasado y revisar las perspectivas que nos depara el futuro, del cual ya tenemos un claro indicio en el presente —sin menoscabo de los altos niveles de ciertas tendencias nuevas—, los nostálgicos debemos recurrir al síndrome de las oscuras golondrinas; porque si estamos pensando en esas maravillosas y originales creaciones de las grandes orquestas, instrumentos, voces y canciones que alguna vez nos hicieron vibrar de emoción, ésas, como las oscuras golondrinas de Bécquer, ésas no volverán.


JONRONES MUSICALES

Aun dentro de las formas tradicionales, tomando por ejemplo lo académico, sin hacer comparaciones con lo actual, ¿cómo duplicar ese glorioso grand-slam de la música conectado por Beethoven cuando los principales irrumpen con “Alle menschen werden brüder” de La oda a la alegría de Schiller? ¿O cómo repetir ese golazo olímpico que el alemán metió con sus dramáticas primeras cuatro notas de la Quinta Sinfonía? ¿Y qué de las fugas de Bach, de los nocturnos de Chopin, de la excelsitud de Mozart? ¿O cómo igualar esos momentos culminantes logrados por esos virtuosos músicos populares de altísimo relieve que hemos conocido (generalización de la cual nos salvan los jóvenes virtuosos emergentes de las nuevas generaciones de músicos venezolanos, tocando —quién lo habría de creer— lo venezolano?


MÚSICA ROBOTIZADA

Si fundimos en un ejercicio de la imaginación el final de la historia y la decadencia de los niveles de creatividad en general, para así arribar a una conclusión definitiva acerca de lo que nos depara el futuro, podemos sostener que en términos más o menos relativos, la historia de la música ha llegado a un fuyukamesco fin, el cual parece indicar que hemos comenzado a girar en círculos. Aun reconociendo que la búsqueda de nuevas expresiones no se detendrá, por cuanto el ser humano requiere de la variedad y la diversidad para satisfacer sus diferentes gustos y aspiraciones, y dado que los gustos cambian y que siempre habrá música de corte generacional, el resultado final es que es posible que todo terminará por reflejar los patrones estéticos del nuevo robo-sapiens, de lo cual se han ocupado algunos músicos de avanzada.


CUANDO TODO ES MÚSICA

El pianista y compositor norteamericano George Antheil, admirador de Stravinsky y de los dadaístas y los futuristas, que generaba sonidos musicales con aparatos electromecánicos, protagonizó un escándalo mayúsculo el 4 de octubre de 1923, en el Teatro de los Campos Elíseos de París, con el estreno de su obra Ballet Mécanique. La “orquesta” de este ballet estuvo compuesta por dos pianos, dieciséis pianolas sincronizadas, tres xilofones, siete campanas eléctricas, tres hélices de avión y una sirena. A pesar del apoyo de figuras como Erik Satie, Jean Cocteau, Man Ray y James Joyce, la reacción mayoritaria del público fue de un rechazo tan violento, que numerosas butacas fueron arrancadas y echadas al foso de la orquesta.

Por su parte, John Cage estableció que absolutamente todo lo que hacemos es música y agregó: “Uno debe dejar a un lado las ilusiones acerca de las ideas sobre cualquier orden, expresiones de sentimientos y todo el resto de tonterías estéticas heredadas”, pues “el gran propósito es no tener ningún propósito”. Música sin brújula, sin ningún sentido ni sentimiento; poesía hecha sin palabras y palabras sin letras, arte sin contenido… Con razón, su obra La encantadora viuda de dieciocho resortes, en la que el piano permanece cerrado mientras que el pianista le cae a golpes por todos lados, de acuerdo a las indicaciones de la partitura. En esta obra-castigo se supera el silencio y se establece la importancia del compositor-intérprete. Pero Cage se muestra algo más elocuente en su Tercera construcción (de 1940). En ella empleó vibradores y matracas (crepitatori), planchas de hojalata, conchas de caracoles gigantes y el inesperado rugido de un león.

En esta metálica construcción, siete percusionistas tocan barras de hierro, planchas de estaño, bols, ollas y campanas. A partir de este atentado, Cage perpetró otro donde complicó el sonido al desarrollar su “piano preparado”, el cual se hacía sonar con toda suerte de objetos extraños (lápices, nueces, trozos de goma, etc.) colocados sobre las cuerdas del instrumento. En su Piano Concierto de 1963, la partitura indica que unos pavos sean soltados de una urna. Quizá esta tétrica e inhumana combinación de urna-pavos represente algo digno de una profunda interpretación; pero más allá de algún relevante simbolismo (por ejemplo: que la vida surge de la muerte), nos resistimos a creer que el aleteo de unos gallináceos emergiendo al “unísono” de un ataúd constituya una muestra de musicalidad, sin contar el tremendo impacto que este forzado revoloteo le habrá producido a la Sociedad Protectora de Animales.







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