Lena Yau, nostalgia caraqueña con cebollas
Bulevar 17/05/2020 07:00 am         


Caracas, la cuna, y Madrid, donde reside...



La lengua es un privilegio humano, incluso asumiendo Babel, y la lengua española, en su caso, una posada de dos orillas: Caracas, la cuna, y Madrid, donde reside. Autora del género de gastroficción, con la lengua que besa y que lame —ella es bilingüe—, paladea la tinta la periodista y cuece palabras hasta su reducción la poeta. Narradora desde el gusto, crea versos de maíz y raíz. Quien suscribe Bienmesabes, Trae tu espalda para hacer mi mesa y Hormigas en la lengua, escribe textos al ajillo con nostalgias por aquel jabillo.

 

Postal desde el espejo, Lena en el marco  de.

“Mis anclas crecieron estos días. Escribo ancla para contarte que hay cosas que me fijan y me orientan, dice desde allá, desde la casa consolar que evoca a Chacao y lo dice con su eterno retintín caraqueño, acento y tono que son decisión y coquetería”. Nada más seductor que amar algo y no tragárselo, la lengua. “Me preguntas si me he puesto tacones en confinamiento. No me he entaconado desde diciembre. Lo sé porque la última vez que lo hice fue en Quito. Tacones discretos, apenas 8 centímetros en un par de botines negros que no sé dónde están. Las agujas son para mí el otro lado del mar. En este lado, las calles se caminan y las aceres tienen empedrados mosaicos que se comen las tapitas. Allá los tacones van en moto taxi, en la camioneta mostaza de mi prima, en los amigos que me buscan, me llevan, me traen. Esta mañana vi sobre mi mesa de noche los zarcillos que más uso. Son también los que llevo cuando viajo a Venezuela. Pensé: hace mucho que no te pones nada en las orejas, hace mucho que no guardas el reloj y escoges lo más sobrio para pisar tu cuna”, admite. ¿Sobrio?“Y recordé: la prórroga del pasaporte sigue esperando en el consulado”.

 

El verbo extrañar en plural.

Caraqueña a la que la ciudad extraña y viceversa, echa en falta al país afecto, al país de los abrazos, a los tantos rostros conocidos y aquellos que le son per sé familiares aun si no los conoce. Extraña el verde vital, exuberante, clorofílico, que rompe aceras, que se encarama sin pedir permiso, que se abre espacio entre el asfalto, ese que activa la circulación a la primera bocanada de aire. Que inspira. Echa en falta el colorido que enceguece bajo la luz espléndida. Los aromas. “¿Quiero ir ahora, quiero corregir esa renuencia, quiero llevar imanes ahora que las fronteras se crecen en una negación?”.

 

Notas de un diario invisible y demás listas.

“Hoy ordené mi estudio para trabajar con soltura. No sé qué nombre lleva el fenómeno que sucede en esas cuatro paredes tapizadas de libros. Es como si creciera maleza mientras duermo pero en lugar de maleza son torres de revistas, papeles, libretas, peluches de Tuc, posa vasos. Anoche hice una lista. El número uno; ordenar escritorio. El número dos entrevista de Fa”, organiza la hora que parece empozada. Espesada con maizina.

“Me hablas de agenda privada y me río pensando que quizá lo más real es planteare mis días como privada de agenda. En términos de horarios y salidas, la cuarentena no ha modificado mucho mi rutina. Dedico las horas a lo mismo de siempre, leer y escribir. Lo que ha variado es la capacidad para concentrarme. Me cuesta muchísimo centrarme. Leo y escribo pero las noticias y las voces de los políticos se cuelgan de los renglones y hacen trapecios y cuerdas de saltar con ellos. Siempre trabajo desde casa. ¿Piensas que soy de salir? No. Soy más bien recoleta. En Caracas voy a las actividades y a las pautas pero me gusta estar tanto como puedo en la casa de mi prima, escuchando rap alemán en el vivero mientras ella atiende a las bromelias, esperar la hora de los sapitos, apostar a la suerte de un palo de agua, despertarme con alarmas y guacharacas. Aquí salgo lo mínimo y tengo otra banda sonora y parte de esa partitura desapareció con el confinamiento”.

 

El reloj de Alicia.

“Las 9 y las 4 son horas en allegro por la entrada y salida de los colegios. Ahora solo escucho pájaros modosos”. Pausa suspiro. Suspiro que propone el crujiente dulce. “Me he vuelto modosa con ellos, trino poco, me asilo en el aislamiento. No he querido escribir ni contestar correos. Tampoco he hecho llamadas telefónicas o video reuniones para brindar con cerveza o contar chistes. Estoy cerrada a las vías por temor a la pandemia hablada. Sé que suena un poco neurótico pero tengo una torre de silencio que intento mantener inmaculada. El silencio es sensible”, recuerda.

“Si no lo cuidas se convierte en vacío ruidoso”, aconseja.

“Mi silencio está lleno de personas en las que pienso a diario. Afectos a los que amo ya los que no escribo. Vivo un cambio de piel que intento comprender”.

Un hallazgo o más

“Me preguntas si he descubierto algo. Lo que te he descrito, por ejemplo. También he descubierto que el estrés puede ser un nómada en el cuerpo. Siempre lo creí sedentario porque se aposentaba en mis trapecios y los convertía en dos bloques de angustia. Durante el encierro comencé a despertar súbitamente por un dolor muy fuerte en las manos. Al abrir los ojos me encontré las manos cerradas en dos puños herméticos. Según pasaron los días, las manos en botón se fueron reforzando hasta llegar al punto que las palmas me sangraron. Limé las uñas al ras pero las manos siguieron en su posición de boxeador sin guantes”, confiesa el suplicio. “Tardé un poco en darme cuenta de que mi estrés, viviendo un proceso inverso, se pasó de sedentarismo al nomadismo”. Descubre que la tensión se le fue a y de las manos, esas con que cocina y teclea. Toma un relajante muscular antes de dormir.

“Mi relación con el cuerpo siempre ha sido mala. Soy una tirana. Abuso de él en mi desorden. Creo que con lo único que soy juiciosa, metódica, delicada es con la piel. De resto, un desastre porque siempre me he sentido dislocada del cuerpo. No soy consciente. A veces lo recuerdo y le pido perdón: Perdóname por todo lo que te hago, perdona mi negligencia, perdona este péndulo absurdo al te que someto. Mereces un alma menos atolondrada. Ese autor reclamo es otro de mis descubrimientos. También la resolución de cambiar. Lo ideal, lo perfecto: está en veremos. Por saberse”.

 

Planes con otra falda

“En cuanto a los deseos imposibles alguno se han cumplido. Son deseos prosaicos y urgentes, visten de números y presupuestos, de incendios y domesticidad, de catástrofe insalvable. Tengo compromisos fijos que no he podido asumir. La soga al rescate sale de lugares que nunca imaginé. Sigo ahogada intento chapotear sin perder la elegancia para alcanzar la arena. Es duro ser adulta y no recuerdo haber pedido esta parte del paquete”, dice y se descuelga la poesía.

“De niña soñaba con ser grande para vestir una falda de tubo, escuchar blues, tomar martinis con doble de aceituna. La realidad es que las faldas que me quedan ni son rectas, escucho poca música y tengo mucho tiempo que no tomo martinis porque una de mis fobias es que los  alcoholes fueres quemen mi lengua.

¿Quién sería con una lengua cauterizada?

Una mujer triste.

Una mujer sin memoria de los hombres y de los platos.

Una mujer incapaz de silbar.

Una canalla enlutada”.

 

El tiempo en mala hora

“Me hablas de las horas y mencionas los relojes blandos de Dalí. Te cuento que todo se derrite. Al principio de este encierro las alarmas eran la cafetera de las 7 y los aplausos de las 8. Hace unos 10 días se sumó una tercera campana, la cacerolada de las 9. Ayer sólo sonó la cafetera. Los aplausos dejaron de creer, se cansaron, menguaron. Las cacerolas tampoco están. En los balcones con los que convivo no hay violines, performances, juegos. Me queda poco café así que puede que en un par de semanas tenga que inventarme otras formas de alerta. Me distraigo viendo tele. No me gustan mucho las series porque exigen compromiso y estimulan la bulimia visual. Prefiero (si es para desconectar) ver comedia ligera. Si una peli me gusta la puedo ver infinitamente. Veo comedia francesa, inglesa, latinoamericana, española. Veo comedia estadounidense. Repaso clásicos: Tiburón, ET”.

 

Dormir, soñar y demás obsesiones (no necesariamente por culpa de la cuarentena)

“Mi cabeza filtra errores narrativos y luego sueño con ellos”, comparte ofreciendo con el gesto una aproximación a su sesera que no descansa, que no para de producir experiencias oníricas que ya son fama en las redes. El hijo, el mar, las ausencias.“Vi una peli muy bella en la que la mamá era una obsesionada de la alimentación orgánica. La escena presentaba un almuerzo. La niña (de unos 10 años) se sirve paella. Luego agarra el frasco de kétchup para bañar la paella. La mamá le quita el frasco y le dice que no. Soñé toda la noche con una línea: Lena, no olvides escribirle al guionista para señalarle el error. El frasco de kétchupen la mesa es un error varias veces. En primer lugar es un error sintáctico y semántico. Si el plato fuera huevos fritos con papas fritas justificaría de algún modo la presencia de la salsa de tomate industrial en la mesa. La mamá rechaza los alimentos artificiales aunque los permite en algunas ocasiones. Pero la botella no tiene sentido si el plato es paella. Mucho menos si se trata de una película española. En segundo lugar es un error logístico. ¿Qué hace una botella de kétchup que se supone no se va a usar?. Lo lógico es que la niña se levantara de la mesa para buscar la botella en la nevera y así desafiar a la mamá (que era la  idea que sugería la escena). Así, toda la noche Faitha, dándole vueltas a las fallas de cada peli que veo”.

Futuro

“Sueño: publicar más.

Tapar las troneras que me hacen caer.

Volver a Caracas, volver a Lanzarote.

Abrazar a los afectos de este mapa y de los otros.

Encontrar el mar.

Amar”


faithanahmenslarrazábal@gmail.com








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