Una Colección Busca Hogar
Bulevar 20/09/2020 08:00 am         


Viene el Museo del Arte Indígena. Nelson Sánchez Chapellín cocina otro espacio educativo, nos invita a otro viaje a la raíz



La pandemia que ha puesto en engorrosa pausa a medio mundo no ha logrado moderar ni por un instante sus ímpetus. Otrora bon vivant, viajero empedernido y tantas vidas, este caraqueño de Chapellín —al parecer el apellido que constituye su genealogía le da nombre a la famosa barriada— es sin embargo más conocido y reconocido por su porfiado desempeño como promotor cultural y mecenas, afán que él entiende como una forma de ser artista. 

Quien fuera absorbido por la noche profunda neoyorkina y fuera habitué de Estudio 54 en los setenta, es asimismo un economista que habla cuatro idiomas con doctorado en Educación, y el mismo que desde su obsesión por el rescate y valoración de la identidad nacional, y enamorado perdidamente de Venezuela —“nos sobran problemas y no nos faltan defectos pero este bendito país está poblado por seres humanos maravillosos”— trabajó por la vindicación de las tradiciones en su enclave de Cata, donde tenía una casa que fue sede de festivales internacionales de danza o de talleres de gastronomía dictados por Helena Ibarra. Un caballero de 78, y los que faltan, cuyo esfuerzo por atesorar y valorar lo que nos entraña derivó en la inauguración, en 2011, del Museo de Arte Afroamericano de Caracas, referente ancestral y de una parte de nuestra hibridez anclado en San Bernardino. Lo hubiera alzado en Aragua, en un terreno ubicado frente a la Plaza Bolívar de Ocumare de la Costa, pero lo invadieron.



Lo cierto es que el MAA, que hasta antes del confinamiento recibió más visitantes que ningún otro museo, no solo de la ciudad sino en Latinoamérica, es una iniciativa pivote aquí y premiada afuera con cuya resonancia pudiera darse por servido. Institución alzada a pulso por su propia iniciativa alberga más de 3 mil piezas de arte, bellezas sensuales, poderosas, amorosas realizadas en los reinos de Benín, Kush y Ghana, en los imperios Zulú o Malí, o por la civilización Nok. También es el armario de los más de mil doscientos volúmenes de la biblioteca abierta para el asombro, y sus salones son escenario de exposiciones vinculadas, charlas y recitales con aquellos instrumentos rarísimos que nos cuentan el origen. 

Pero no. El talante hiperquinético y divertido, “y epicúreo y egocéntrico” —como dice la cantautora Naiffe Peña— de Nelson Sánchez Chapellín no concibe las rémoras prolongadas. Los obstáculos son su desafío. Y su cabeza que está constantemente en ebullición no puede sino producir ocurrencias, le activan su torrente sanguíneo. Así que no para. La casona amarilla amparada por el Ávila, cuya superficie amplió y conectan sus niveles aquellos puentes aéreos como balcones de un barco al sol, es un referente caraqueño en aquella esquina donde parece haber encallado un continente. Es una propuesta solvente contra viento y marea que copa sus devaneos pero, por si fuera poco esta conquista, necesita más. 

Fascinado con la memoria y la valoración de la cultura que somos, quien jura que deberíamos tener un museo del petróleo, del oro, de la gastronomía, del baile, de la sal y tantos más para entendernos y querernos va a por el segundo “espacio educativo” de su autoría. Está a punto de inaugurar el Museo del Arte Indígena en un lugar caraqueño que pronto sabremos. “En mis viajes por el país y visitando exposiciones he ido compilando piezas magníficas, una colección que ahora mismo conforman un catálogo de aproximadamente mil quinientas obras de arte y objetos utilitarios de distinta procedencia étnica venezolana”, confía. “Se trata de un muestrario representativo e impresionante de lo que somos, es una suerte de conjunto o suceso antológico, histórico, antropológico y cultural que tenemos que adherir como tesoro”, anuncia. “Escudriño en la ciudad la casa ideal donde tendrá vida, ojalá en San Bernardino también; he visto muchísimos espacios, ahora espero respuesta de aquellos que serían las más apropiados”, dice con la mascarilla con que se blinda para seguir adelante. Ahora mismo una colección en busca de hogar.



Del bando de los obstinados, los que trabajan siempre y son indispensables, este incansable que presume de haberle picado adelante al tiempo ha vivido a fondo la agenda de los días. Encantado de atesorar vida, memoria, objetos, puede regresar a ese momento en que era conspicuo habitante de la bohemia, cuando llamó la atención de las publicaciones neoyorkinas con sus atavíos que lo distinguirían como uno de los mejores vestidos. Ahora mismo recibe con una de sus batas amplias rematas con bordados de filigrana o puede recibir como anfitrión de un evento dominical en el MAA con flux índigo y corbata fucsia: no le teme a los contrastes, con tal de que sean genuinos. Puede también estacionarse, en el ínterin, en aquel tiempo en que Pacairigua era su llegadero: fue yerno del llamado padre de la democracia. Pero regresa a lo que cocina, que por cierto tiene una sazón asombrosa; su buen gusto también late en la mesa. Y da pistas del proyecto que cree que perdurará como memoria y forma de conocimiento. 

“Museo es un vocablo que viene de la palabra musa, antiguamente se concentrarían en ser espacios para la creación y lo que inspira, con el tiempo albergarían arte y cada vez más son territorios vitales donde se hospeda el pensamiento, la investigación, el debate”, sostiene como premisa, “por eso invitamos continuamente a los estudiantes de las escuelas públicas vecinas: para que entiendan qué es el pasado y qué de él prosigue latiendo en el presente; qué nos sostiene y cómo llegamos a hoy, y vivan el recorrido hasta el punto de partida”. Para enseñarles los vínculos de África donde comenzó el mundo, y sin duda la historia que la emparenta con América, y las delicias del mestizaje. “También entenderán pronto de la otra raza o casta que nos constituye con el Museo del Arte Indígena”.

Persuadido de la importancia de los espejos, ha concentrado sus energías en la vindicación de lo que somos y en el estudio de lo que atañe a la raíz y su constitución. Nada mejor que mostrarla. De convertirla en ufanía. En las estancias están muestras del quehacer artístico de Etiopía, Congo, Camerún, Nigeria, Mali o Ginea. Hay maravillas elaboradas en maderas, textiles, cestería, mobiliario, piezas de arcilla y de todo mana el mismo susurro ancestral que nos remite al sincretismo que nos contiene. Es un plan inminente la proyección del Festival de Cine Africano en el MAA. Sí, hay que proseguir contra viento y marea. 

Siempre fue así. Nelson Sánchez Chapellín estaba de mesero en New York en el proceso de abrirse espacio cuando conoce al egipcio Morris Matza quien al escuchar su historia —cualquier historia suya sería buena y contada con desbordado entusiasmo— le obsequió el Rolex que ceñía su muñeca persuadido de que aquél venezolano le daría el uso perfecto convirtiéndolo recursos y palanca. “Nos vemos cuando te hayas graduado y entonces seremos socios”, le dijo. Así fue. Ambos han corrido aventuras quijotescas, Sanchéz no es Sancho aunque el delgado es Morris, y Morris es más sensato aunque no es solo Nelson el que sueña y enfrenta molinos.









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