El Museo Del Transporte: La Huella Perenne
Bulevar 13/10/2020 08:00 am         


Espacio caraqueño para los que aman la brisa en el rostro, el sábado 10 celebrarón aniversario con una jornada de limpieza. A la rueda, rueda



Ubicado frente al Parque del Este —los nombre propios de este oasis verde suelen ignorase, parque Rómulo Betancourt o parque Generalísimo Francisco de Miranda—este reducto donde el visitante puede ver cómo nos hemos movilizado en los últimos siglos, por tierra aire o mar, en el coche caraqueño del memorable Isidoro, con una carroza tirada por caballos, en avión, Metro, autobús, bicicleta o las novias desde un Rolls Royce descapotable, el Museo del Transporte, gracias al empeño de sus custodios —Alfredo Schael, su devoto defensor, a la cabeza—preserva la historia del avance, así como el imaginario construido en torno a cada artefacto inventado para ir y venir. Sin palancas y al margen de todo intento defrenarlo, con la tenacidad de un galápago el Museo arriba a sus 50 convocando a una celebración inusual.

Museo único que aborda la temática de la tecnología de la transportación, esta ocurrencia para atesorar el protagonismo de todas las máquinas que se crearon para que no nos paralizáramos—no contar las colas—, el 1 se octubre de 1970 se firma el acta de su constitución y el 12 de octubre abre sus puertas al público. Los visitantes quedarían encantados con las varias colecciones que alberga, artefactos que van sobre ruedas, volando o a toda vela, como se proponía entonces ir el país todo; seguro por eso, en algún momento, el gobierno instalado hace 20 años quiso tomar el museo para sí. Pero esta iniciativa privada, temiendo el fin de manual, se defendió y por eso, pese a las dificultades, se mantiene como referente. Los barcos, aviones y carros, incluso los descapotables, no perdieron su techo.

Comenzó la idea cuando sus fundadores convencidos de que había que contar la historia de rieles olvidados y carrozas detenidas se dieron a la curiosa tarea de trastearlas, remos, motores o volantes antiguos, en garajes y por donde fuera, para dar con las piezas de la postal. Contaron también con donaciones. El empresario Eugenio Mondoza Goiticoa, propietario de una extraordinaria colección de carretas, coches y carruajes tirados por tracción de sangre—amén de que su padre estuvo ligado a la empresa de tranvías eléctricos de Caracas—, compartió semejante legado sin peros, y luego, tal fue el entusiasmo, trabajó codo a codo en la directiva de la institución junto al cronista caraqueño Guillermo José Schael—su nombre es el del museo—, y con Carlos Eduardo Misle (Caremis). El arquitecto Graciano Gasparini también es parte de la historia: asesoró la transformación de los antiguos galpones del espacio, acotado por la quebrada Agua de Maíz, en salas dedicadas unas a los carruajes, otras a los automóviles.

No, dice Schael, no es un homenaje al carro, no apenas eso. Aunque el carro está, por supuesto. Luego que el hombre se bajó del caballo —y el noble animal descansó—,y comenzó a moverse con esos artefactos de líneas aerodinámicas que contenían en su propio mecanismo incorporado el empuje—medible en caballos de fuerza— el automóvil revolucionó la conectividad espacial urbana, y se encumbró como objeto de culto y símbolo de estatus y poder. Creación que cambió la vida y las relaciones en el siglo XX, el diseño lo convirtió en entidad de ínfulas orgánicas: roncan los motores y pican los cauchos, el Maverick se parecerá a un escualo, los carros de factura japoneses iluminarán el camino con ojos oblicuos y el Yaris y el Ford Fiesta parecerá escarpines. Entretanto, la publicidad empacará en sugestivos conceptos tales como sensualidad, libertad y albedrío a los modelos de lujo, dejando fuera los humos. Igual trayectoria transitó el cigarrillo.

Las distancias se acortaron. Sin duda, sería un gran invento. A su paso por avenidas especialmente creadas para su circulación se convirtió en prolongación del hombre, que convirtió en crucigramas a las ciudades. La cápsula existencial se convirtió en la forma de movilidad preferida. Pero como dice Alfredo Schael, eso es historia y el museo la contiene, con pelos y señales, en su biblioteca, así como las tesis que defienden la bici, o cómo fue que se hundió el Titanic, el mejor trasatlántico del mundo, en su primer viaje. Biblioteca cuyos libros y revistas garantizan brisa en la cara no más abrirlos, la atiende desde hace más de 30 años la misma dama: Marla Heath.

Ella estuvo este sábado 10, desde las 9 de la mañana, en el Museo con el director, Alfredo Schael, los voluntarios y amigos, y Derbys López, director de Fundhea, consecuente colaborador de la causa, dispuestos todos a acicalarlo. Desde que comenzó el confinamiento no ha podido convocarse de nuevo el mercado de corotos, el de seductores objetos vintage—opción de financiamiento—y no ha habido actividades que generados entradas, por cierto, el acceso es gratuito. No ha habido ninguna movida de las que organizan los del club de motos y Mercedes o BMW que frecuentan el espacio en la ciudad donde dos Audis chocaron una noche—ambos del mismo dueño—, la bici conquista cada día más defensores, todavía aparecen caballos galopando en una intersección, toma auge la patineta y tantos caminan y caminan, y no se detienen y dicen palante-es-pallá como un mantra. No ha habido movida pero la habrá. La gente anhela mover a quinta la palanca de cambios.







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