Pájaros y Zaperocos
Identidad 07/06/2020 07:00 am         


Las aves vuelan alto en la música, particularmente batiendo sus alas sobre el pentagrama de las canciones latinoamericanas



Por Eleazar López-Contreras


En las piezas musicales de esta parte del mundo figuran águilas, gavilanes, palomas, golondrinas, gorriones, gallos, gallinas y pájaros en general, aves estas últimas que le dieron su nombre a un grupo vocal femenino colombo-venezolano, precisamente llamado “Los Pájaros”, el cual obtuvo el Guaicaipuro de Oro en 1965. Pero si también estas avecillas figuran abundantemente en el refranero popular (como en el caso de “matar a dos pájaros de un tiro”, o “más vale pájaro en mano que cien volando)”, igualmente, en el habla popular criolla mantiene un lugar prominente el popular “pájaro bravo”, pues en Venezuela lo que sobran son los vivos y aprovechadores. Igualmente, el rico folklore nacional también cuenta con un pájaro, en este caso uno inocente, que más bien es víctima, el cual no es otro que el guarandol del Oriente del país.

El pájaro guarandol es una especie de drama musical o comparsa en la que participan varias personas que danzan y cantan. Sus personajes centrales, que son el pájaro guarandol, el brujo y el cazador, actúan siempre acompañados de un conjunto musical y coro. El móvil de esta diversión gira en torno de la cacería del ave, el ruego de que no se le mate y la oportuna intervención del brujo o curandero para resucitarlo. El pájaro guarandol fue presentado por vez primera en Caracas en 1946, al lado de El mampulorio, en el Teatro Nacional. En 1948, ese pájaro sobrevoló las tribunas del Nuevo Circo en la gran Fiesta de la Tradición, Cantos y Danzas, al lado de otras manifestaciones folklóricas que dieron a conocer y revalorizaron el folklore regional del país. Así se conoció El carite en Caracas, divulgado en por la radio a toda Venezuela por los Hermanos Belisario, que lo utilizaban como el tema de su orquesta, por lo que todos conocemos su música y letra que habla de la partida de la lancha Nueva Esparta y la pesca.

Ese espectáculo le abrió paso al joropo más auténtico y popular de todos, que tiene nombre de ave y que no es otro que El pajarillo del “Indio” (Ignacio) Figueredo, quien fuera descubierto en Apure por el maestro Antonio Estévez, gracias a un pitazo que le diera Reynaldo Espinoza Hernández. El pajarillo fue un éxito de Ángel Custodio Loyola (con el autor). Desde entonces, a ese pajarillo, que es un tipo de joropo, le surgieron muchas letras. Una que no requiere de los lecos del original, que es la que habla del pajarillo en la ribera y de palmas firmes como la llanera.

Otro pajarito, esta vez un tucusito, cuyo rápido batir de alas tiene un onomatopéyico nombre en Brasil, en donde lo llaman zum zum, saltó de las flores al pentagrama en Cuba. Esa diminuta ave, cuya versión cubana es la más pequeña del mundo (apenas pesa unos pocos gramos), inspiró a Rogelio Martínez, entonces director de la Sonora Matancera, a escribir su conocido Sun Sun Babaé, el de “pajáro lindo de la madrugá” (éxito del Conjunto Casino), el cual el Grupo Herencia revivió con un aparatoso ritmo afro, en el cierre de la séptima edición de la Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN) en Caracas (2012). Esa rumba es muy vieja y antecede a Los Tucusitos venezolanos, que tomaron su nombre del pegajoso aguinaldo homónimo que el infantil conjunto de Moisés Peña pegó en 1961. Los Tucusitos había sido fundado el 4 de noviembre de 1959 en la Escuela Nacional Crucecita Delgado y ofrecieron su primer recital el siguiente diciembre en la Casa Parroquial de la iglesia de Lídice, regentada por el párroco Emilio Blaslaw, para debutar en el disco con su recordado Tucusito, tucusito de Domingo Higuera, cantado por la solista Trina Blanco.

A comienzos de los sesenta, había comenzado la revolución de Los Beatles, cuya música, así como otras del estilo pop y del género del rhythm and blues, había casi forzado a cambiar el formato de las programaciones musicales de la radio venezolana; por eso en 1964, Alfredo José Mena imponía una música más “fuerte” (y repetitiva), lo cual hizo con El pájaro bañista (‘Surfin’ Bird, a cargo de The Trashmen que dejaron una onda huella en Los Dinámicos cuando el grupo visitó el país). Nunca más la música iba a ser igual, si bien hubo uno que otro amago por darle otro rumbo a lo que se conocía hasta el momento, como es el caso del Lambeth Walk de 1935, cuando las parejas de baile caraqueñas se agachaban, se pegaban los muslos, daban una vuelta y gritaban ¡hey!, mientras señalaban con el dedo pulgar hacia atrás.

En ese sentido, el folklore permanecía incólume, cuando en 1941 se bailó en Caracas la polca Barrilito de cerveza (el que “se sube a la cabeza”, que era The Beer Barrel Polka, del compositor checo Jaromir Veijvoda). Esta pieza, que alegró los tiempos de la Segunda Guerra (en la posguerra nos llegó La vaca lechera), vino acompañada de El pájaro carpintero, que otra polca más de comienzos de los cuarenta. Con el tiempo aparecieron pájaros por todos lados. Curiosa y misteriosamente, cuando en el Lago de Maracaibo detectaron un pingüino (el cual nadie sabía cómo había llegado allí), en Caracas se bailaba El baile del pingüino, en el que las parejas bailaban en una forma rígida, balanceándose con los brazos a un lado.

Cuando el anterior pájaro carpintero repiqueteaba por esos años, del Brasil voló por el mundo el famoso Tico Tico, que se tocaba como samba (pero que era un ritmo llamado choro). Esa pieza la hicieron popular los organistas de los años cuarenta que podían manejar la enrevesada melodía. Después, guitarristas de rápida digitación la tocaban como un número de fantasía, para mostrar su destreza, con lo cual se atrevían a acometerla con pasmosa velocidad. Pero Tico Tico no fubá era más vieja, pues se remonta a 1917. Su letra habla de un inquieto pajarito que quiere comerse toda la harina de maíz del silo. Tico tico es el nombre dado a determinado pájaro brasilero y fubá significa maíz. Esa vivaz pieza revoloteó en la película Saludos amigos de 1943, cantada por el loro José Carioca, y también en Escuela de sirenas de 1944 y en el film Copacabana, filmada por Carmen Miranda en 1947. En Escuela de sirenas la tocó Ethel Smith, “la dama del órgano”; y en Caracas, en el Trocadero, Salvador Muñoz con su “órgano de las mil voces”.

Además de otras canciones con temas avícolas como El pájaro chogüí, en los años sesenta también apareció en Caracas El pájaro campana, traído por un conjunto típico paraguayo, cuyo fantasioso estilo de tocar arpa influyó en los arpistas criollos, quienes abandonaron su tradición para ejecutar floreos con las cuerdas del instrumento, como lo hiciera el maestro arpista Miguelito Rodríguez, sin contar con muchos más. Pero, de todos, ninguno tuvo tanta influencia en los Estados Unidos como Tico tico, sin que nadie se enterara que la pieza hablaba de un pajarito. En la posguerra eran muy populares los bailes maratónicos que se celebraban en el inmenso y céntrico Manhattan Center neoyorquino, que eran llamados “tico tico”, en directa referencia al exceso de música brasilera que tocaban las orquestas, que también incluían rumbas, congas, pasodobles y tangos. Del nombre de esos bailes salió el del nuevo sello Tico neoyorquino, que entonces era el único de todos en grabar a las nuevas orquestas latinas en Nueva York (que pronto brillarían en el Palladium, con Machito a la cabeza, seguido por Tito Puente y Tito Rodríguez).

En 1946 se realizó en esa sala de baile una competencia entre cinco orquestas que no presagiaba nada bueno. La contienda la ganó la orquesta de Machito, pero el local salió perdiendo porque hubo de ser cerrado a causa de la enorme trifulca que allí se originó. En ese baile, cada orquesta tocaba durante tres horas seguidas, pero no podía haber intermedio porque se armaba un incontrolable alboroto. La música comenzó a la una de la tarde y a las tres, los bomberos tuvieron que cerrar las calles adyacentes, donde más de 5 mil amenazadores fanáticos se habían quedado sin poder acceder al local, a pesar de haber comprado sus entradas (a US $2,75 cada una). A las siete de la noche, ya agotadas las bebidas en el bar, comenzaron a llover botellas sobre los bailadores, lanzadas desde los palcos que circundaban la pista de baile. Ello ameritó la presencia de la policía, que hizo unos disparos al techo; pero el escándalo se avivaba entre set y set, y la calma sólo regresaba cuando la orquesta comenzaba a tocar. Para describir esos momentos de silencio musical, en los cuales se iniciaban el zaperoco y las peleas, un perceptivo periodista neoyorquino escribió que entonces comenzaba “la hora de la salsa”.







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