Boleros Y Tomatazos
Identidad 02/08/2020 08:00 am         


La idea del amor romántico se extiende a tiempos en que los juglares cantaban hazañas de caballeros que daban la vida por su dama. Ello dio origen al romanticismo literario



Por Eleazar López-Contreras


El bolero se inició tomando la galantería de las canciones de serenata. En algún momento adoptó metáforas dirigidas al público de rocola, para hablar del despecho con una buena dosis de puñaladas, venganzas y amenazas de muerte o suicidio. Estos boleros eran casi siempre ideados por humildes compositores que construían su repertorio alrededor de esa temática, el cual interpretaban cantantes como Julio Jaramillo, Genaro Salinas y, por supuesto, Daniel Santos, que era especialista en boleros de rocola, algunos de ellos sumamente pesimistas y hasta protestatarios. En El juego de la vida, por ejemplo, “El inquieto anacobero” (diablo o bohemio) sólo ofrece la posibilidad de cuatro puertas para el que no tiene dinero: “el hospital y la cárcel, la iglesia y el cementerio”. Pero no todo en el bolero se remite a quejas y desencantos. En los de alta factura existían sanas declaraciones de amor, como el perfecto y puro Amor-amor amor de Gabriel Ruiz, exultante y antiséptico, porque éste, nació de él, de ella, del alma y de Dios, con besos tan castos y benditos que parecen “palomas mensajeras de luz”, por lo que el autor ofrece dárselos a la amada (pero haciéndole con ellos “la señal de la cruz”).

La idea del amor romántico se extiende a los tiempos en que los juglares cantaban las hazañas de los caballeros que daban la vida por su dama. Ello dio origen al romanticismo literario, que luego se incorporó a la música. En el Caribe se manifestó por diferentes vías, hasta finalmente concentrarse en el bolero cubano, el cual fue pródigamente cultivado en México, adonde llegó por Yucatán, que fue donde se establecieron las pautas definitivas de temas afines con este tipo de canción; sin embargo, debido a la idiosincrasia del machismo, el bolero pasó de lo romántico y delicado a lo crudo y violento, para luego ser utilizado como medio para proferir insultos aderezados con un buen surtido de amenazas y maldiciones a la malvada. Entre los extremos entre romanticismo y violencia verbal, algunos letristas asumieron posiciones acomplejadamente sumisas ante el amor rechazado, inmerecido o sencillamente imposible, por causas de diferencias sociales en las cuales la pobreza del pretendiente juega un papel importante. Pero es la perturbación amorosa, el amor que ha de confesarse (en la conquista) o el no correspondido (en el rechazo y el subsiguiente despecho), lo que da origen al bolero, sin más causas que la sencilla afección o la desafección de la mujer (o del hombre, porque existieron compositoras rechazadas y despechadas). El primer bolero o algo parecido, pues carece del ritmo que hoy día le conocemos (que fue influenciado por el son), es Tristezas, escrito por el santiaguero José (Pepe) Sánchez, a finales del siglo 19. Su título lo dice todo y su letra también. En ésta su autor menciona penas, dolor, piedad, sufrimiento, pasión, beso y corazón, palabras que habrían de conformar el léxico básico de la canción romántica caribeña.

La canción romántica —la balada, la chanson, la habanera, el bolero, etc. — sustituyó a la carta de declaración amorosa y la hizo pública. Los versos se escribían en un diario y se guardaban como prueba de fidelidad ante un amor imposible. Su contenido sentimental y cavilante luego fue expresado en las letras de canciones que en el pasado sólo figuraban en el repertorio de juglares y en los versos de los poetas. Francesco Petrarca, quien fue el propio patriarca del despecho, vació en sus melifluos sonetos toda la amargura y el dolor causados por un amor no correspondido. En esos introvertidos versos no sólo encontramos toda la gama de aflicciones que expresan la desesperanza que hallamos en ciertos boleros, cuyos temas no sólo dominaron la lírica europea hasta nuestros días, sino que también la pudimos constatar en los boleros rocoleros que Armando Manzanero borró del mapa.


RENOVACIÓN MODERNA

Si el romanticismo de hace más de siglo y medio halló una vía de expresión en el bolero, lo cual permeó la canción de amor de los años veinte y treinta, en años posteriores a 1940, los compositores se inclinaron por expresiones menos empalagosas y más directas, aunque no menos emotivas. De este “estilo” hallamos una auténtica cátedra en aquéllas forjadas por los imaginativos letristas del tango argentino y por los subsecuentes constructores del llamado feeling cubano. Este estilo surgió en la postguerra, cuando bullía la intención de crear un estilo más íntimo, lo cual asomaron René Touzet con No te importe saber (1937) y César Portillo de la Luz con su Contigo en la distancia (1946). Entonces CMQ de la Habana le dedicaba un programa a los compositores cubanos, todos de primera: René Touzet, Orlando de la Rosa, Julio Gutiérrez, Juan Bruno Tarraza y Bobby Collazo. El máximo representante de ese grupo, que juntos emprendieron esa tarea, es José Antonio Méndez, autor de La gloria eres tú, Un poco más, Sabrá Dios, Me faltabas tú, Por nuestra cobardía, Si me comprendieras, Soy tan feliz y Novia mía, que hicieron grande a Lucho Gatica. Buenos “escribidores” de bolero fueron Rubén Fuentes, con olas de ellos, muy populares, y Álvaro Carrillo (el “puente” de Sabor a mí se lo sugirió el veterano Rubén Fuentes, aún activo, porque no lo tenía...).

Antes del bolero se había usado el valse para cantarle al amor, en México, que es de donde eran los cantantes. Todos habían estudiado canto para dedicarse a la ópera; por eso enmarcaron su estilo dentro del género lírico-romántico, que comenzó a producir compositores muy hábiles como Guty Cárdenas, Tata Nacho, Alfonso Esparza Oteo y otros, a los que se le sumaron los dúctiles Rafael Hernández y Agustín Lara, quienes estuvieron entre los primeros en adoptar el bolero. Rafael Hernández, que fue una especie de Lope de Vega de la canción caribeña, creó infinidad de boleros muy populares, entre ellos, el no-romántico (originalmente una criolla) Lamento borincano. Agustín Lara escribió boleros de cabaret (Aventurera), medio religiosos (Solamente una vez, que le dedicó a José Mojica cuando éste tomó los hábitos, por lo que la letra dice: Solamente una vez/se entrega el alma/con la dulce y total/renunciación) y hasta algo cursis (como el de palmeras “borrachas de sol”). En los años veinte, el italiano Tito Schippa popularizó muchos boleros (Un viejo amor, Amapola, Quiéreme mucho…) y trazó la pauta para los demás. Su prestigio como cantante de ópera le abrió las puertas a Pedro Vargas, Juan Arvizu, Alfonso Ortiz Tirado y José Mojica, quienes originalmente se habían iniciado en el bel canto.

Entonces el bolero pasaba casi desapercibido en Cuba, que prefería los danzones suaves, hasta que a finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta, los del patio se propusieron componerlo con propiedad y dedicación, y los cantantes, a interpretarlo sin la influencia de la vieja lírica italianizante, para lo cual se ahondó en un bolero que se alejaba del son pero nutrido de éste. Barbarito Diez, identificado como el bien entonado cantante de la orquesta de Antonio María Romeu, fue el precursor del bolero suave con su pausado estilo de interpretar el danzón. Pero fueron Los Panchos (mexicanos) los que introdujeron, ya en grande, el bolero romántico cantado con voces sosegadas, del mismo modo que Leo Marini lo hiciera bailable y Lucho Gatica lo convirtiera en algo íntimo, muy alejado de los intérpretes líricos que todavía se imponían en los años cuarenta y cincuenta, estilo al que tardíamente se acogieron Carlos J. Ramírez, Néstor Chayres y Alfredo Sadel.

Aunque Graciela Naranjo y Lorenzo Herrera habían sido pioneros locales cantando boleros (1936), el más destacado de todos fue Alfredo Sadel. La irracional resistencia que el joven y apuesto cantante halló en el público masculino venezolano, lo hacía objeto de crueles burlas en sus presentaciones iniciales. Cuando bautizó su primer LP en el Coney Island caraqueño, hubo intransigentes rechiflas, sarcasmos y unos cuantos tomatazos. Allí le pegaron uno, en la cara, al negrito Happy (Francisco Abreu Segredo), que era el animador. Con su natural chispa, el gracioso cubano se acercó al micrófono y, dirigiéndose al público, se quejó: “¡Señores, apunten bien que yo no soy el cantante!”.







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